Mateo notó de inmediato cómo cambiaba la expresión de Claudia; cuando la miró, el fugaz destello de emoción en los ojos de la chica le resultó sumamente irritante.
Tomándola por los hombros, la guio hacia la sala privada y le pidió al señor Pérez que abriera la caja de regalo para ver su contenido.
Dentro solo había un montón de viruta de papel y una tarjeta de memoria SD.
El señor Pérez tomó la tarjeta con evidente confusión.
—El que trajo esto dijo que era un tesoro invaluable, ¿cómo es que solo es una tarjeta de memoria? Parece de una cámara fotográfica.
Melisa hizo un movimiento leve, pero Mateo se le adelantó, tomó la tarjeta y la arrojó directamente en la taza de té hirviendo que acababan de servir.
El señor Pérez soltó un quejido de sorpresa, pero al ver el rostro ensombrecido de Mateo, su instinto para los negocios le advirtió de inmediato que aquello no era nada bueno.
Rápidamente mandó cambiar el té.
—Parece que me tomaron el pelo. En un momento mandaré a mi gente a investigar a fondo.
—No hace falta —lo interrumpió Mateo—. Echa a patadas de aquí a ese muchachito de Grupo Bellavista y a su acompañante.
El señor Pérez acató la orden al instante, y de paso, mandó colocar un letrero en la entrada del club ecuestre que decía: «Se prohíbe la entrada a perros y a Julio».
Desde los amplios ventanales curvos de la sala VIP en el último piso, se podía ver perfectamente cómo los guardias de seguridad del club se acercaban a Julio y, frente a todo el mundo, los echaban tanto a él como a Claudia.
Julio jamás había sufrido semejante humillación; con el rostro rojo de ira, estuvo a punto de agarrarse a golpes con los de seguridad.
Fue solo porque empujó a Claudia por accidente que el patético espectáculo llegó a su fin.
Cuando ambos salieron tropezando hacia la calle y vieron el letrero que acababan de instalar, Claudia casi se desmaya del coraje.
Mateo le dio a Melisa una caricia tranquila en la espalda para calmarla.
—Ya pasó. Ahora cuéntale al señor Pérez a qué venimos.
Melisa, que ya venía preparada, le entregó su contrato y la propuesta de negocios.
—Como la marca de Comercial Novierra se enfoca en moda juvenil, no solo queremos hacer ropa casual, sino también expandirnos a la ropa deportiva. Tengo entendido que su club ecuestre es el más prestigioso del país, e incluso tiene renombre internacional. Me gustaría que hiciéramos una colaboración.
El señor Pérez ni siquiera dejó que Melisa terminara; sacó su pluma del bolsillo interior del saco con entusiasmo.
—¡Por supuesto que sí! ¿Dónde firmo?
Melisa parpadeó, sorprendida.
—Pero si todavía no le he hablado de los porcentajes de ganancia ni de mi plan.
Esto desató un revuelo enorme en internet.
Después de todo, Grupo NovaTec era una empresa inmobiliaria de gran trayectoria con miles de empleados. Si les cortaban todas las vías de escape, ¿qué iba a pasar con toda esa gente?
Muchos opinaron que Mateo estaba yendo demasiado lejos solo para apoyar a su hermana, pero para sorpresa de todos, él declaró:
«Cualquier empleado de Grupo NovaTec que desee renunciar tiene las puertas abiertas para unirse a las filiales inmobiliarias de Grupo Núñez».
¡Eran la familia más poderosa! ¿Acaso no iban a tener espacio para absorber a unos cuantos miles de empleados?
Si Mateo no se había metido antes, era porque conocía el carácter independiente de Melisa y sabía que le gustaba hacer las cosas por su cuenta; además, como ella no tenía experiencia en los negocios y necesitaba foguearse, y considerando que la empresa era la última herencia de sus padres, prefirió dejar que Gaspar se creyera el jefe por un tiempo.
Pero ahora las cosas eran distintas.
Se habían atrevido a pisotear y humillar a Melisa una y otra vez, y eso era algo que no iba a perdonar.
Cuando Gaspar se dio cuenta de que no podía comunicarse con los Núñez y que realmente estaban dispuestos a pagar el precio que fuera necesario para hundirlo, empezó a hacer pedazos todo lo que encontraba en la sala, desesperado.
Al escuchar el escándalo, Claudia salió de su habitación con mucha cautela, solo para toparse con la mirada inyectada en sangre de su padre.
—Claudia —le recriminó Gaspar con voz ronca—, te has estado portando bien estos días, ¿verdad? ¿No me has traído ningún problema?

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