—Ven a mi casa, tenemos una habitación de invitados —dijo Claudia con voz suave y comprensiva.
Julio no pudo ocultar el alivio y la gratitud en el rostro.
—Lo sabía... Sabía que eres la única que de verdad me quiere, Claudia.
Melisa acababa de recibir un mensaje de Dani confirmando que el plan contra Julio y Claudia ya estaba en marcha.
Bajó de su camioneta y se detuvo frente a los jardines de la residencia «Elegancia».
El mayordomo la recibió en la entrada con suma cortesía.
—Señorita Núñez, la señorita Vera la está esperando en la sala principal.
Melisa había acudido a la cita para atender a la abuela de Vera, quien se encontraba postrada en cama.
Mientras caminaba por los pasillos, sus ojos analizaban discretamente el entorno.
El padre de Vera, Ramiro, era el director de la Agencia de Investigación, y toda su familia estaba metida en la política.
Por lo tanto, la decoración de la casa era sobria y elegante; no se veía ningún objeto excesivamente ostentoso a simple vista.
Hacía frío, así que Vera estaba sentada en el sofá abrazando a un gato, con una gruesa manta cubriéndole las piernas.
Al ver entrar a Melisa, dejó la manta a un lado y se puso de pie para recibirla.
—El clima ha estado helado últimamente. Espero que no haya pasado frío en el camino.
Melisa negó con la cabeza y su mirada se detuvo en la manta.
—Es una cobija preciosa.
Vera sonrió.
—Se la compré a un maestro artesano. Está tejida completamente a mano con estambre, tiene un diseño muy original.
Melisa esbozó una leve sonrisa.
—Sin duda. Se nota que es una pieza muy valiosa.
—Oh, son solo tonterías sin mucho valor. ¿Qué tan caro puede ser el estambre? Lo que cuesta es la mano de obra.
Vera le pidió a una empleada que se llevara la manta y guio a Melisa hacia las habitaciones, explicándole la situación en el trayecto.
—Mi abuela lleva años en cama. Tiene la mitad del cuerpo paralizado y no puede hablar. Quería pedirle que la revise para ver si todavía hay esperanza de algún tratamiento.
Sin embargo, no la expuso.
—Por lo que veo, las toxinas llevan acumulándose en su sistema varios años —continuó Melisa—. A juzgar por el nivel de atrofia muscular que tiene, debe llevar paralizada por lo menos una década.
Ahora sí, Vera creyó que Melisa era una doctora de primera, pues su cálculo había sido exacto: su abuela llevaba diez años en cama.
—Así es —admitió en voz baja—. Pero en la familia no tenemos idea de cómo se envenenó. Hemos viajado por todo el mundo buscando a los mejores especialistas, pero nadie ha logrado curarla.
Los ojos de Vera se llenaron de lágrimas mientras acariciaba el rostro de la anciana.
—Siempre sueño con verla levantarse y entrar a la cocina para prepararme galletas, igual que cuando yo era niña. Sus galletas eran las mejores.
El mayor movimiento que podía hacer la anciana era un leve temblor en uno de sus dedos.
Melisa bajó la mirada y observó cómo ese dedo golpeaba las sábanas una y otra vez. Se notaba que le costaba mucho trabajo, como si intentara transmitir algo.
Siendo experta en informática, Melisa conocía perfectamente los sistemas de encriptación, y reconoció de inmediato que se trataba de código Morse.
Memorizó la frecuencia de los golpes sin alterar su expresión, mientras le seguía la corriente a Vera.
Desde que vio aquella supuesta manta de estambre, que en realidad ocultaba piel de tigre, Melisa entendió de inmediato la clase de gente que era esa familia.

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