Melisa escuchaba la perorata de Vera mientras sacaba una pluma y una libreta de su maletín para escribir la receta.
Durante el proceso, se aseguró de quedar frente a la anciana; de vez en cuando, golpeaba suavemente la tapa de la pluma contra el papel, fingiendo que estaba pensando, pero variando la velocidad de los golpes.
Al terminar, le entregó la receta a Vera.
—Después de estar enferma tanto tiempo, será muy difícil que recupere el habla y la movilidad al cien por ciento. Por ahora, solo puedo recetarle algunos sueros para nutrir su cuerpo y sistema nervioso, al menos hasta que averigüe qué clase de toxina tiene.
Vera tomó el papel y dejó escapar un largo suspiro.
—Hace un tiempo, unos especialistas vinieron a verla y nos dijeron que probablemente había inhalado un gas tóxico por accidente. Tras investigar mucho, nos mencionaron que se trataba de una mezcla creada a partir de un hongo rarísimo llamado «Hongo Ilusión» y una flor conocida como «Lirio del Inframundo».
Melisa conocía ambas plantas venenosas.
El Hongo Ilusión crecía en lo profundo de las selvas de Sudamérica y sus esporas tenían una fuerte toxicidad neuronal, mientras que el Lirio del Inframundo solo se daba en un valle muy específico del Himalaya y su polen causaba parálisis muscular y falla de órganos.
Teóricamente, si se combinaban, creaban una toxina compuesta capaz de anular por completo el movimiento y el habla, pero manteniendo la mente de la víctima totalmente lúcida.
Justo como le pasaba a la anciana.
Además, ese tipo de venenos estaban estrictamente prohibidos en la República de Monteverde, así que introducirlos al país debió costar una fortuna y muchísimos contactos.
Melisa lo pensó un momento y comentó:
—El coronel Soto también fue víctima de una neurotoxina, aunque ha logrado controlarla bastante bien con medicamentos. Sin embargo, los sueros que preparé para él no funcionarían en el caso de su abuela.
Al escuchar el nombre del coronel Soto, los ojos de la anciana brillaron con intensidad y su dedo volvió a golpear las sábanas con fuerza, transmitiendo la ubicación de un lugar en código Morse.
Vera no se percató en absoluto de la interacción silenciosa entre ambas.
—He escuchado maravillas de usted —dijo Vera—. Dicen que hasta los doctores más veteranos como Gilberto la tratan con muchísimo respeto. Estoy segura de que encontrará una solución.
Melisa fingió curiosidad y preguntó como quien no quiere la cosa:
—Veo que tienen muchas fotografías antiguas en la habitación.
—Ah, sí. Mi abuela fue piloto aviador militar —explicó Vera—. Toda nuestra familia es muy patriota, siempre hemos buscado servir al país. Yo soy la única excepción, ya que mi vida entera está dedicada a la protección de los animales.
Melisa sonrió, sin confirmar ni desmentir lo que pensaba de esa historia.
Al final, aceptó hacerse cargo de tan peculiar paciente.
Cuando Melisa se subió a su camioneta y se alejó por la curva, la sonrisa amistosa de Vera se borró de inmediato, dándole paso a una expresión sombría.
Una mujer mayor se acercó por detrás de Vera, y al ver que el vehículo de Melisa desaparecía de su vista, preguntó en voz baja:
—¿No hizo demasiadas preguntas?

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