En la sala de juegos.
Las actividades en el bar de esa noche ya habían comenzado. El premio especial de la sala de billar era la última obra artesanal hecha por un artista extranjero: un oso de peluche decorado con miles de cristales Swarovski, de casi un metro de altura. Al ser una pieza de edición limitada, su valor rondaba el millón de pesos.
Un millón de pesos no era una gran cantidad para ese círculo de personas, pero las palabras «edición limitada» le otorgaban al premio un altísimo valor de colección.
Todos los jóvenes estaban muy interesados en el oso, e incluso Melisa pensó que era una pieza digna de coleccionar.
Sin embargo, no era buena para el billar, ya que pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando o aprendiendo habilidades útiles.
—¿Te gusta ese oso, Melisa? —preguntó Orfeo con ternura al notar su interés—. Llevas un rato mirándolo.
Ella asintió.
—Sí, es toda una obra de arte, aunque ya tenemos muchas en casa.
—Si te gusta, tu hermano te lo va a ganar —dijo Orfeo dejando su copa de vino a un lado—. Hace mucho que no participo en los juegos de los jóvenes.
Melisa notó que a su hermano le entusiasmaba la idea y sonrió.
—Entonces te lo encargo, Orfeo...
—Ese premio lo puso mi abuela en el barco especialmente para que todos se divirtieran —interrumpió Ángel, apareciendo de la nada con un taco de billar en la mano. Clavó su intensa mirada en Melisa, pero sus palabras iban dirigidas a Orfeo—. Hay muchos niños ricos aquí esta noche, y varios de ellos son muy buenos en el billar. Dudo que puedas ganarle ese oso a Melisa tú solo.
Orfeo levantó una ceja.
—¿Ah, sí? Bueno, un poco de ayuda extra no vendría mal. Hagamos equipo, entonces.
Mientras platicaban, Lucía, Matías y los demás llegaron y también vieron al oso. Varios de los juniors se acercaron a Lucía para sacarle plática.


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