Dani detuvo levemente la mano y lo miró alzando una ceja.
—En realidad, no soy mucho mayor que ellos.
El problema era que su estatus era tan alto y su posición tan particular, que todos esos jóvenes ricos lo veían como a una figura de autoridad. Con el tiempo, todo el mundo daba por hecho que él pertenecía al círculo de los mayores.
Leopoldo volteó a ver la sala de billar, separada solo por un cristal, y la mirada de Dani lo siguió.
Melisa, vestida con un elegante vestido rosa, estaba de pie junto a la mesa. Ángel le había puesto un taco en las manos y estaba muy pegado a ella. El lugar era ruidoso, así que él mantenía la cabeza inclinada, susurrándole al oído y mostrándole con el taco cómo golpear; al parecer, le estaba explicando las reglas del juego.
Un montón de curiosos se había reunido alrededor de Melisa.
Tras escuchar las indicaciones de Ángel y copiar los movimientos de su hermano, Melisa se inclinó sobre la mesa de billar para apuntar. Su largo cabello cayó sobre la superficie verde. Su cintura, de por sí pequeña, parecía aún más estrecha en esa postura, y el dobladillo trasero de su falda se levantó ligeramente, dejando a la vista un poco más de piel en sus muslos.
Poco a poco, las conversaciones animadas se apagaron. Todos guardaron silencio y fijaron la mirada en un solo punto.
Ya no estaba claro si miraban la partida o a la chica que apenas estaba aprendiendo.
A Melisa no le importaban en lo más mínimo las miradas a sus espaldas. Cuando se concentraba en aprender algo, ponía toda su atención en ello.
Frotó el taco entre sus dedos, apuntó a una bola y tiró. Tras el golpe, dispersó varias bolas por la mesa.
No le salió del todo bien y dejó varias bolas del equipo de Lucía peligrosamente cerca de las buchacas.
Melisa se mordió ligeramente el labio y soltó un pequeño suspiro. Dijo algo que nadie más escuchó, pero tanto Orfeo como Ángel le sonrieron para tranquilizarla.
Leopoldo frunció el ceño al ver a su nieta rodeada por tantos buitres.
—¿Qué piensas hacer?
Dani se tomó de un trago el vino tinto que le quedaba y se quedó en silencio un momento.
—¿Cree que pueda protegerla, don Leopoldo?
Leopoldo lo evaluó con la mirada. Aunque era mayor, su mente seguía siendo aguda y entendía muchas cosas a la perfección.
—Que los Soto se hayan convertido en la principal familia militar del Santa María, y que además hayan desarrollado un imperio comercial a la vista de todos, ya es cruzar la línea para el gobierno. Y siempre me he preguntado... tu abuelo no tenía cabeza para los negocios, y tú pasaste la primera mitad de tu vida en el mar haciendo misiones. Sé que hiciste fortuna en el extranjero antes de regresar, pero, ¿cómo construiste todo este imperio tú solo?
Antes de que Melisa regresara, Dani casi nunca se dejaba ver por Santa María. Su tiempo se dividía entre el mar y las misiones secretas en el extranjero. ¿Cómo le daba tiempo para los negocios?
Además, en sus primeros años, a la par de sus entrenamientos y misiones, manejaba sus negocios como una actividad secundaria durante las operaciones, y aún así el presidente confiaba en él lo suficiente como para darle el rango militar tan alto que tenía.
Leopoldo sentía que no tenía sentido.
—¿Cómo puedes tener tanta energía? ¿Acaso no duermes?
Dani sonrió.

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