—Deberían sumar los puntos de las mujeres a la puntuación final, ¿no creen? —continuó Luna—. Se siente mucho más satisfactorio ganarse las cosas por mérito propio.
En cuanto terminó de hablar, Claudia, que había estado observando con envidia, fue la primera en apoyarla.
—Opino lo mismo. Yo también quiero participar, ese premio está increíble.
Tras ver el tiro de práctica de Melisa, Lucía ya sabía que ella no tenía idea de cómo jugar billar, así que no dudó en respaldar la idea de Luna.
—Exacto, creo que sería mucho más justo. ¿Qué opinas, Melisa? ¿Te vas a seguir escondiendo detrás de Ángel y tu hermano, o vas a competir con nosotras?
Al ser señalada, Melisa miró la mesa y apretó ligeramente los labios.
Orfeo se acercó, le acarició la cabeza y le dedicó una sonrisa tierna.
—Lo importante es que te diviertas. El premio es lo de menos.
A Melisa no le importaba mucho aquel artículo de colección; le daba igual si lo ganaba o no. Sabía que su hermano rara vez salía a relajarse y que ganar o perder no importaba realmente.
Se levantó y tomó un taco nuevo.
—Entonces vamos a jugar un rato.
Las chicas abrieron dos mesas.
Como era de esperarse, a Melisa le tocó enfrentarse a Lucía.
Lucía le sonrió y dijo:
—Sé que eres principiante, así que te daré dos turnos de ventaja antes de tirar yo.
Con eso quedaba como una persona generosa frente a todos. Esperaba que Melisa se negara, pero, para su sorpresa, ella asintió directamente.
—Gracias.
Al ver la actitud tan relajada de Melisa, como si la ignorara por completo, Lucía ardió por dentro y la tomó por una falsa que fingía inocencia.
En su duelo, Melisa se esforzó, pero al fin y al cabo era su primera vez. Por muy rápido que aprendiera, no podía igualar a alguien con tanta experiencia.
Lucía cumplió su palabra y dejó pasar dos turnos. Después de que Melisa lograra meter cuatro bolas, el turno pasó a Lucía.
Mientras Melisa tiraba, Lucía ya tenía planeada su siguiente jugada. Tomó su taco, se acomodó, apuntó y tiró. Sus movimientos fueron fluidos y precisos; limpió todas las bolas restantes de la mesa en una sola ronda.
Cuando levantó el taco, Luna, desde atrás, empezó a aplaudir.
—¡Impresionante! ¡Vas a tener que echarle ganas, Melisa!

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