Melisa parpadeó, soltando un leve sonido de confusión, pero le entregó el taco obedientemente.
—¿Quieres jugar?
Hizo la pregunta que todos los presentes tenían en la punta de la lengua. ¿Un hombre tan ocupado e importante como Dani perdería el tiempo en jueguitos de niños ricos? Simplemente no encajaba con su aura imponente.
Dani tomó el taco con una expresión difícil de descifrar.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que sea un novato y te haga perder el oso de peluche?
—Tampoco es que me importe tanto el oso —suspiró Melisa—. ¿Por qué todos creen que me muero por tenerlo?
Ella solo había notado que a su hermano le llamaba la atención el billar y le siguió la corriente, pero la idea de competir ni siquiera había sido suya.
—Qué bueno. Entonces solo jugaré por diversión. Así no te enojarás si pierdo —dijo Dani con una sonrisa apenas marcada.
Melisa tuvo la ligera impresión de que estaba molesto.
Y, de hecho, lo que pasó después confirmó sus sospechas.
Con el taco de Melisa en las manos y bajo la atenta mirada de todos, Dani demostró una técnica impecable. Limpió rápidamente la mesa que Melisa estaba a punto de perder. Luego tomó el lugar de Orfeo y barrió con otras tres mesas seguidas, sin darle a Ángel la más mínima oportunidad de intervenir, dejándolo completamente ignorado a un lado.
Lo más humillante era que, salvo por el tiro de apertura del rival, en cuanto Dani tomaba el control nadie más volvía a intervenir.
Su postura firme, cada tiro calculadísimo y la forma en que vaciaba las mesas dejaron a todos boquiabiertos.
Jimena Rimay, sin quitarle los ojos de encima, murmuró lo que todos pensaban:
—Ahora dudo si de verdad tienen disciplina estricta en la marina o si solo se la pasan jugando.
Ese nivel era de un profesional. Comparados con Dani, esos juniors que se creían los reyes del billar parecían unos principiantes.
A pesar de que Dani acababa de llegar a robarse el show y pisotear su orgullo, nadie tuvo el valor de reclamarle nada.
Quizá dándose cuenta de que los había intimidado, Dani le devolvió el taco a Melisa. Giró un poco las muñecas, se abrochó los botones de los puños que se había soltado y comentó con naturalidad:
—Tantos años sin jugar me pasaron factura, me faltó un poco de pulso.
Melisa lo miró fijamente.
—¿Cuántos años exactamente?
Dani ladeó la cabeza, pensativo.
—Desde que tenía catorce, más o menos.
Melisa se quedó sin palabras.
«O sea, ¿nos está diciendo que masacró a todos usando las habilidades que tenía a los catorce años?»
Esa actitud tan sobrada hizo que Ángel sintiera una presión enorme. Se suponía que esa era su noche para brillar, pero, por culpa de un simple juego de billar, Dani lo había convertido en un cero a la izquierda.
La corbata amarrada en la nuca de Melisa se balanceaba con cada movimiento, clavándose como una daga en el orgullo de Lucía. Era obvio que ese hombre solo lo hizo para defender a Melisa y humillarla a ella.
Y Lucía no fue la única en notarlo. Ángel también lo sintió como una cachetada. Él se había asegurado de que Melisa llevara un vestido que combinara con su traje para insinuar que venían juntos, y Dani, en respuesta, le había puesto su propia corbata. Cualquier idiota se daría cuenta de que estaba marcando territorio.
Todos sabían que Ángel le traía ganas a Melisa, y ahora quedaba clara la postura de Dani. Aunque no hubo gritos ni golpes, el ambiente estaba cargado de pólvora.
Gracias a las instrucciones de Dani, Melisa mejoró rapidísimo. Sin embargo, al ser novata, al final terminó perdiendo contra Lucía por un pelito.
Al ver que su hermana había perdido, Orfeo dejó de jugar a medias. Su actitud se volvió seria, sus tiros más agresivos y, al final, le dio la vuelta al marcador, ganando las últimas dos partidas.
Ángel abrió los ojos como platos.
—¿Hace rato estabas perdiendo a propósito?
Orfeo sonrió.
—Para nada. Solo que, de repente, ese oso de peluche me pareció muy lindo y decidí que lo quería.
Ángel se quedó mudo ante tal comentario.
A simple vista, Orfeo parecía un tipo dulce y humilde, pero en el fondo era bastante retorcido.
Al final, el premio le fue entregado a Orfeo en forma de una tarjeta de regalo. Él se la pasó a Melisa y le acarició la cabeza con cariño.
—Haz lo que quieras con esto, Melisa.

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