Melisa sonrió y le respondió:
—Gracias, Orfeo. ¿Vamos a buscar a mi abuelo para cenar algo?
—Vamos —respondió él, tomándola de la mano y guiándola fuera del salón de juegos. El cariño entre ambos hermanos era tan evidente que todas las chicas presentes se morían de envidia.
Ángel había estado haciendo circo, maroma y teatro toda la noche y no había conseguido sacarle ni una sola sonrisa a la mujer que le interesaba. Ya estaba empezando a encabronarse.
Y en su mente, el único culpable de todo esto era Dani.
Pero antes de que pudiera ir a buscarle pleito, Lucía ya le había cerrado el paso a Dani.
El hombre estaba parado junto al ventanal. Afuera, el fuerte viento del mar agitaba las cortinas blancas detrás de él.
De pie en la penumbra, miraba a la mujer que tenía enfrente, cuyos ojos estaban rojos, sin una sola gota de emoción en su rostro.
—¿De verdad sigues sin darte cuenta de quién es Melisa? —le reclamó Lucía, incapaz de aguantar más.
Dani tenía una mano metida en el bolsillo del pantalón y, con la otra, delineaba el marco de la ventana de forma distraída.
Ni siquiera se inmutó al responderle, con una frialdad cortante:
—¿Darme cuenta de qué?
Su actitud tan indiferente solo encendió más a Lucía. Dio un paso hacia él, con la voz cargada de coraje reprimido:
—¡De la clase de mujer que es Melisa! ¡Hoy se pone la ropa que le regala Ángel y mañana le acepta regalitos a otro! ¡Solo usa a la gente que le conviene! Es la heredera de la familia más rica, no es ninguna pendeja. ¡Sabes perfectamente que en este mundo los matrimonios son puros negocios! Lo que le atraía de ti era tu posición, tu poder. ¡Ahora que te quitaron el mando militar y las acciones de tu empresa van en picada, te vas a quedar en la calle y ella te va a mandar a volar! ¡¿Por qué no quieres abrir los ojos?!
Dani por fin la miró directamente a la cara. Su mirada era tan fría y tranquila que parecía estar observando a un insecto insignificante.
—¿Y luego? —preguntó, con una voz profunda, sin ninguna alteración.
Lucía se llevó la mano al pecho, segura de sí misma.
—¡Yo estoy aquí! Aunque sé que estás en la ruina, estoy dispuesta a estar contigo. Puedo usar las influencias de mi padre para ayudarte a recuperar tu imperio.
—Ja.
Ella sonaba desesperada y llena de amor, pero a Dani solo le provocó una risa seca.
—¿Qué te hace pensar que, si Melisa no estuviera, yo me enamoraría de ti?
Lucía sintió que le daban un balde de agua fría.
Dani dejó de tocar el marco de la ventana y dejó caer el brazo.

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