Melisa se levantó para regresar adentro. Empujó la puerta de un salón de descanso con la intención de tomarse una siestecita, pero notó que estaba a oscuras. La luz de la ventana ya era muy tenue, y casi no se veía ni a medio metro de distancia.
Dio dos pasos con la intención de encender la luz, pero se frenó en seco al notar una silueta oscura en el sillón y un fuerte olor a alcohol en el aire.
—Disculpe, pensé que no había nadie —dijo.
Sabiendo leer la situación, dio media vuelta dispuesta a dejarles la sala libre.
—Melisa.
Una voz ronca y entrecortada rompió el silencio, haciéndola detenerse justo cuando iba a abrir la puerta.
Caminó hasta el sillón. El hombre estaba recargado hacia atrás, con el pelo desordenado y húmedo de sudor. Llevaba la camisa blanca desabotonada del cuello y las piernas estiradas de manera relajada...
Melisa le echó un vistazo y se le cortó la respiración por un segundo, pero fingió que no pasaba nada y clavó los ojos en él.
—¿Qué pasó?
Al verla parada ahí, tan inexpresiva como una estatua, él soltó una carcajada. Así era exactamente ella. Era su Melisa, la única capaz de hacer que se volviera loco de ganas y le hirviera la sangre.
—Me siento mal —le dijo—. Ayúdame.
Melisa había bebido de más, pero seguía consciente de lo que hacía. Se acercó y se inclinó para tocarle la frente. Tenía una fiebre altísima; casi le abrasaba la palma de la mano.
—Te drogaron —afirmó ella, arrugando el entrecejo—. Espérame, voy a buscar a un médico.
Al subir al barco no llevaba ningún tipo de medicamento encima. Justo cuando abrió la puerta para salir, escuchó la voz de Ángel allá afuera, gritando que la estaba buscando.
Ángel quería disculparse con Melisa por el teatrito que había armado en el salón de eventos, pero ella no estaba en su camarote ni en la cubierta. Y para acabarla de amolar, se enteró por el médico de que a Dani le habían dado un afrodisíaco. Eso lo puso histérico.
Sabía perfectamente que si ese tipo se cruzaba con Melisa, se iba a desatar un desastre. Así que corrió a contarle todo a Orfeo y ambos se pusieron a peinar el barco entero.
Justo cuando Ángel estaba a punto de llegar al pasillo de los salones de descanso, una mano enorme empujó y cerró de un portazo la puerta que Melisa acababa de abrir.
Melisa quedó aplastada entre la puerta y el pecho acelerado de Dani, escuchando cómo los gritos de Ángel y los demás pasaban de largo.
Con un brazo musculoso apoyado al lado de su cabeza, él se inclinó para besarle la nuca y le susurró:
—Ya fui con el médico del barco. No tienen nada que corte el efecto de esta madre.
La tomó de la cintura con una sola mano, la hizo girar y se le quedó viendo fijamente, con el deseo y el cariño desbordándosele por los ojos.
—Melisa, ¿me ayudas?

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