Aunque Dani había acudido de inmediato al médico, y después de que le hicieran una revisión exhaustiva, el diagnóstico apenas sirvió para tranquilizarlo un poco.
—Para su buena suerte, es solo un fuerte afrodisíaco, nada tóxico ni letal —le dijo el médico de abordo.
Dani frunció el ceño, repasando todo en su cabeza para entender dónde lo habían jodido. Finalmente recordó la copa que Matías le encajó en la mano. La había tomado al azar de la charola de un mesero, pero si todo era un teatro armado para chingarlo, entonces tenía sentido.
Cruzó las piernas para disimular la evidente reacción de su cuerpo.
—¿Me va a dar algún medicamento o qué?
El médico le explicó, algo apenado:
—Lamentablemente, no contamos con medicamentos para contrarrestar ese efecto en el barco. Además, no sé qué dosis ingirió exactamente, así que no puedo asegurarle cuánto le durará el efecto. Sin embargo, no debería pasar de las veinticuatro horas.
Dani soltó un suspiro pesado.
—¿Ni siquiera un tranquilizante o algo así?
El doctor negó con la cabeza.
—No le serviría de nada. Le sugiero que se encierre en su camarote para evitar cualquier escándalo.
—Entendido.
Dani se apoyó con ambas manos en el lavabo, respirando con dificultad. Al mirarse en el espejo, vio el efecto de la droga reflejado en su rostro. La cabeza le daba vueltas y sentía el cuerpo ardiendo.
Agachó la cabeza y se echó agua fría en la cara. Trató de calmarse, pero no lograba quitarse de encima el mareo ni ese ardor insoportable que le recorría el cuerpo. Frunció el ceño y justo cuando iba a meterse a uno de los cubículos del baño para solucionar su problema a solas, un empleado tocó la puerta con voz temblorosa:
—Señor Soto, la señorita Melisa me mandó a decirle que lo necesita urgente en su habitación.
Unos segundos después, la puerta se abrió. Dani, visiblemente alterado, preguntó con voz ronca:
—¿Por qué no vino ella?
—El señor Durán está con ella, no se pudo zafar —respondió el empleado.
Era evidente que Ángel había ignorado por completo sus advertencias anteriores. Dani subió las escaleras a grandes zancadas, con la cabeza cada vez más nublada por culpa de la droga.
El joven lo guió hasta la puerta de un camarote. Dani entró y vio a una mujer acostada en la cama, con el cabello alborotado y los primeros botones de la camisa desabrochados, dejando a la vista el escote.
Esa ambientación tan cuidada y su rostro medio escondido por el cabello fueron suficiente para que a Dani se le disparara la libido.

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