Matías le murmuró a su hermano:
—Dani, Lucía la está pasando muy mal por culpa de los que la drogaron. Aunque no te guste, deberías consolarla. Al menos miéntele un poco para que se calme.
Dani le lanzó una mirada fría.
—A mí también me drogaron y no la estoy pasando nada bien. ¿Por qué no me consuelas a mí? ¿Ya se te hizo costumbre ponerte del lado de los de afuera?
Matías se quedó sin palabras.
Lucía se limpió las lágrimas, alzó el rostro y lanzó su última advertencia:
—Si no me hubieras humillado y abandonado a mi suerte, habría convencido a mi padre de que te ayudara a recuperar tu puesto como coronel. Pero ahora, nadie va a mover un dedo por ti. ¡Prepárate para ver cómo la prestigiosa familia Soto se hunde por tu culpa!
Tras ese ultimátum, Lucía corrió a todos de la habitación. El mensaje era claro: la familia Zamora jamás volvería a respaldar a los Soto en el ámbito militar.
La puerta se cerró de un fuerte portazo.
Frente a tremenda amenaza, Dani ni siquiera se inmutó. Por el contrario, tomó la mano de Melisa y le sugirió:
—Recuerdo que esta noche tu hermano dará un recital de piano. ¿Qué tal si lo invitamos a cenar algo y luego lo escuchamos tocar?
Melisa asintió.
—Me parece bien. Quería hablar con él de todos modos, no quiero que se preocupe.
Dani sonrió y le dio un golpecito en la nariz.
—Créeme que no está preocupado. Nos vio cuando estábamos juntos hace rato.
Melisa parpadeó, entendiendo al instante que su hermano simplemente estaba respetando sus decisiones y dejando que las cosas fluyeran solas.
Ángel, al ver lo cariñosos que estaban y darse cuenta de que lo seguían ignorando por completo, sintió que la frustración se le cerraba en el pecho. En todos sus años de vida, jamás lo habían ninguneado de esa manera.
—Dani... con el agua hasta el cuello y todavía te crees el rey intocable de Santa María —murmuró Ángel al ver cómo se alejaban.
Matías, que seguía por ahí, escuchó su comentario resentido. Se giró hacia él y le dijo:
—Mi hermano mayor es así. Supongo que se acostumbró demasiado a mandar en el ejército y le cuesta soltar ese papel. Tenle un poco de paciencia, Ángel. A fin de cuentas, ahora mismo tú estás por encima de él.

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