—¡¿Cómo es posible que Dani haya logrado contratarlos?! ¡Si logran sacar adelante este proyecto, esa pequeña caída en las acciones de los Soto no será nada! ¡Van a volver a la cima en cuestión de minutos!
Entre murmullos y exclamaciones, Ángel tampoco vio venir ese último golpe. Se quedó mirando fijamente el papel en las manos de Dani, un documento ligero pero que para él pesaba toneladas. Parecía que le hubieran robado el alma; a duras penas lograba mantenerse en pie.
No solo había perdido el contrato y el respeto de todos, sino que la única carta que le quedaba para negociar había sido hecha polvo frente a sus narices.
Dani no volvió a dirigirle la mirada. Guardó el documento, tomó de nuevo la mano de Melisa y, bajo las miradas de absoluto respeto del resto de los invitados, salió del salón con paso relajado.
Esta vez, nadie se atrevió a decir una palabra para detenerlo, ni se atrevieron a lanzarle miradas de desdén.
Después de esa noche, a toda la élite de Santa María le quedó algo muy claro: ese hombre jamás había caído de la cima.
Su supuesta «caída» no había sido más que una pausa calculada, mientras observaba cómo todos los demás se precipitaban al ridículo por su propia arrogancia.
Y las hormigas que intentaron desafiar a un gigante, terminarían pagando el precio de su propia estupidez.
Matías, que siempre se había mantenido al margen, también estaba boquiabierto. A su lado, Luna, que no había entendido del todo el alcance de la conversación, se dio cuenta de que las cosas no salieron como esperaban y preguntó ansiosa:
—¿Qué pasó?
Matías guardó silencio un momento antes de soltar un resoplido.
—La verdad es que no me esperaba esto. El imperio que construyó Vasco Soto todavía tiene el peso suficiente como para que Dani lograra una alianza con el Fondo Patrimonial Alcázar en medio de esta crisis.
—¿Vasco? ¿Tu abuelo? —preguntó Luna, confundida—.


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