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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 607

Mateo sacó su celular, sin dejar de mirar la cara altanera de la mujer, y marcó el número de Enrique.

—Enrique, cambia al Director de Recursos Humanos de la sucursal de Santa María.

—¿Cuál es el motivo? —preguntó Enrique.

—Que le pregunte a su esposa.

No hubo ni un segundo de duda al otro lado de la línea.

—Entendido, me encargo de inmediato —respondió Enrique.

La mujer rica aún no procesaba bien la situación. Sentía que el tono y la actitud del hombre frente a ella no eran los de alguien que estuviera bromeando.

Sintió un hueco en el estómago, pero forzó una risa burlona para disimular.

—¿Crees que me vas a intimidar? Ay, por favor. ¿Qué se traen este par de hermanitos dándose aires de grandeza? ¿Creen que me asustan con una llamadita? Mi marido lleva más de diez años en el Grupo Núñez, ¡no es alguien a quien puedas correr nada más porque sí!

La gente alrededor empezó a murmurar. Algunos pensaban que Mateo solo estaba fanfarroneando, pero otros, más enterados de las noticias de negocios, ya habían reconocido la identidad de tan imponente figura.

El ambiente se puso tenso y expectante.

Apenas habían pasado dos minutos cuando el celular dentro del bolso de la mujer comenzó a sonar sin parar. Lo sacó con fastidio y, al ver el nombre de su esposo parpadeando en la pantalla, cruzó miradas con Melisa, quien le sonreía de forma escalofriante. Una inquietud inexplicable la invadió.

Apenas contestó, sin darle tiempo a decir una palabra, por la bocina estallaron los gritos histéricos de su esposo, tan fuertes que hasta los mirones alcanzaron a escuchar:

—¡Valeria Paredes, pedazo de idiota! ¡¿No se supone que llevaste al niño a las maquinitas?! ¡¿Qué pinche desmadre armaste?! ¡¿Con quién te metiste?! ¡Me acaba de llamar Enrique desde las oficinas centrales! ¡Me dijo que por tu culpa el señor Núñez me acaba de despedir de forma fulminante! ¡Que agarre mis cosas y me largue! ¡Más de diez años a la basura! ¡Se fue todo al carajo!

—¿Cómo que vas a dejarlo así? —soltó Melisa con una carcajada seca—. Aún no se aclara quién tuvo la culpa, ¿y ya te sientes con el derecho de decidir si lo dejas pasar o no?

Al ver que el pleito iba en serio y temiendo que su negocio saliera perjudicado, el dueño del local ya había revisado las cámaras de seguridad en la oficina trasera, las cuales habían captado cada detalle con perfecta claridad.

En eso, un hombre maduro, de traje y con el cabello revuelto, entró corriendo a las instalaciones, jadeando.

Apenas cruzó la puerta, vio a su esposa parada frente al imponente Mateo.

—¡Señor Núñez! ¡Señor Núñez, perdóneme la vida! ¡De verdad, se lo suplico!

El hombre llegó hecho un desastre, con la cabeza baja y la voz al borde del quiebre.

—Señor, mi esposa es muy de mecha corta y habla sin pensar, pero le juro que no tiene malicia. ¡Seguro todo esto es un malentendido! ¡Por favor, no me despida por una imprudencia de ella! ¡Le ruego que investigue bien los hechos!

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