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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 608

Mateo sonrió con sarcasmo.

—¿Investigar qué? Tu esposa no parecía muy interesada en que yo llegara a la verdad, ni en hacerle justicia a esta madre y a su hijo.

—¡Ya no hay nada que investigar! —interrumpió la mujer, sudando frío—. Me trago mi orgullo y pido perdón. Dejémoslo como que fue mi hijo el que inventó todo, ¡y ya!

Melisa no perdió detalle de sus gestos. Por esa actitud defensiva, era obvio que la señora sabía perfectamente de las mañas de su propio hijo.

—Tampoco hace falta que te hagas la víctima —le respondió Melisa—. Si la culpa hubiera sido nuestra, el trabajo de tu marido no estaría en riesgo y, además, nos tocaría compensarlos.

—No hace falta ninguna indemnización, con que me permitan seguir trabajando en su empresa me doy por bien servido —se apresuró a decir el hombre, creyéndose muy astuto.

En ese momento, el dueño del local, que había pasado el video a su celular, se acercó para mostrárselos.

—Acabo de descargar la grabación. Ahí se ve clarito cómo su muchacho le arrebata el juguete al otro niño a la fuerza, y cómo su señora esposa solapa la situación sin siquiera preguntar qué pasó. Pedir perdón no es tragarse el orgullo; es lo mínimo que deberían hacer.

El video no dejaba lugar a dudas.

Se veía al niño de ropa sencilla, nervioso pero emocionado, metiendo sus fichas en la ruleta gigante. La aguja se detenía justo en el premio mayor, y el niño saltaba de alegría mientras sacaba un robot de edición limitada del exhibidor.

Luego, la toma cambiaba: el niño gordito, seguido por sus amigos, acorralaba al otro pequeño. Comenzaban los insultos, los jaloneos y los empujones por parte del grupo abusivo.

Poco después, Valeria irrumpía en la escena lanzando insultos a diestra y siniestra y aventando billetes con una actitud prepotente e insoportable. ¡Todo había quedado grabado!

¡Las pruebas eran irrefutables!

Valeria, que hace unos segundos intentaba hacerse la desentendida, palideció como si hubiera visto un fantasma. Sus labios temblaban, incapaces de articular palabra.

Los curiosos a su alrededor empezaron a mirarla con total repudio. Alguien entre la multitud gritó:

—¡Ese es el señor Núñez! ¡Solo alguien que defiende así a la gente humilde se merece cada peso que gana!

El director de Recursos Humanos se quedó petrificado mirando la pantalla. Ver a su propia esposa perdiendo el control, humillando a la gente a billetazos, y a su hijo mintiendo y robando con tanta naturalidad, lo dejó completamente aturdido. El sudor frío le empapó la camisa en segundos.

—¿Te quedó claro? —inquirió Mateo con frialdad—. Esa es la mujer que «no tiene malicia» y «habla sin pensar», y el hijo al que ya se le hizo costumbre robar.

—S-señor Núñez, yo... yo... —balbuceó el hombre, dándose cuenta de que ninguna excusa lo salvaría ante semejantes evidencias.

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