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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 610

Mateo, por supuesto, no iba a dejar sola a su hermana. Sin embargo, ni en sus peores pesadillas se habría imaginado protagonizando una pelea callejera a puño limpio contra unos vendedores ambulantes en medio de un centro comercial.

Toda su vida había recibido una educación de élite: esgrima, equitación, golf. Jamás se había visto metido en una trifulca tan vulgar ni rebajándose al nivel de esa gente.

Pero en ese momento, las apariencias le importaron un carajo.

Se lanzó directo a la batalla campal. Al intentar separar a un vendedor que tenía agarrado del cuello a un abuelito, otro sujeto lo embistió por un costado, haciéndolo tropezar.

El tipo, cegado por la rabia, soltó un puñetazo al aire sin fijarse. Mateo bloqueó el golpe por instinto, pero se escuchó el rasgado de la tela cuando la manga de su carísima camisa a la medida se rompió.

Mateo ni siquiera parpadeó. Con un movimiento rápido, le agarró la muñeca al agresor y, usando el propio impulso del tipo, lo aventó a un lado. Al instante, sus guardaespaldas intentaron acercarse para cubrirlo, pero él los detuvo con un grito:

—¡No se preocupen por mí! ¡Busquen a Melisa y a las dos señoras! ¡Protéjanlas, que no les toquen ni un pelo!

Con esa orden, los guardias se dispersaron.

Aunque Mateo nunca se había visto en una riña de barrio, su disciplina en el gimnasio y sus clases de defensa personal le daban una fuerza y unos reflejos muy superiores a los de cualquier persona común. Sin embargo, en medio del desmadre, le resultaba difícil repartir golpes, proteger a los ancianos y, al mismo tiempo, echarle un ojo a Melisa y a la señora Del Ríos sin descuidar algún frente.

De repente, un banquito de plástico voló por los aires. Mateo se hizo a un lado esquivándolo por un pelo, pero terminó chocando contra un estante. Varios frascos de los suplementos milagrosos cayeron al suelo con un gran estruendo, bañándolo de polvo blanco de pies a cabeza.

Su peinado, siempre impecable, ahora estaba alborotado, y hasta traía una mancha de mugre en la frente, quién sabe de dónde.

Melisa, por el contrario, se movía como pez en el agua. Era ágil y se iba directo contra los estafadores que intentaban lastimar a la gente. En cuestión de segundos, tumbó a tres y se plantó firmemente frente a la señora Del Ríos y Catalina, mientras los guardaespaldas formaban un escudo humano alrededor de ellas.

—¡Policía! ¡Todo el mundo quieto!

En pleno caos, las autoridades por fin hicieron acto de presencia.

El ulular de las sirenas y la voz de mando apagaron los ánimos al instante. Los falsos doctores, al ver a los uniformados, soltaron la mercancía e intentaron pelarse por la puerta principal, pero los oficiales los fueron agarrando uno por uno hasta que terminaron tirados en el piso con las manos en la nuca.

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