De regreso a la estética, ambos recibieron un mensaje de los guardaespaldas.
Resulta que la señora Del Ríos y la señora Amaya ya habían terminado de arreglarse el cabello. Mientras esperaban a que regresaran, escucharon que cerca de ahí estaban estafando a unos abuelitos con supuestos suplementos alimenticios. Las dos señoras, ignorando las advertencias de los guardias, dijeron que también querían comprar vitaminas y entraron al local.
A los guardaespaldas no les quedó de otra más que reportar la situación.
Resultaba que ahora mismo la señora Del Ríos, con la señora Amaya de secuaz, estaba armando un desmadre en el local de los dichosos productos milagrosos.
Melisa y Mateo salieron disparados hacia el «Centro de Bienestar Integral», un negocio ubicado en un rincón apartado del centro comercial.
Aún no llegaban cuando ya se escuchaban los regaños a todo pulmón de la señora Del Ríos, mezclados con un alboroto tremendo.
Al abrirse paso entre la multitud que abarrotaba el local, encontraron a la señora Del Ríos plantada hasta el frente. En una mano sostenía en el aire un frasco abierto del supuesto suplemento milagroso en polvo, y con la otra se apoyaba en la cintura, fulminando con la mirada a los vendedores que la tenían rodeada:
—¡Esto es puro polvo de equinácea revuelto con maicena! ¡Estas vitaminas son de la peor calidad que hay en el mercado! ¡Están vendiendo a ocho mil ochocientos pesos una porquería que no cuesta ni veinte pesos fabricarla! ¡Y encima tienen el descaro de decir que cura todos los males! ¡Son unos malditos rateros sinvergüenzas, robándole la pensión a los pobres viejos! ¡¿Qué, no les da miedo que los parta un rayo?!
La señora Amaya, pegada a la espalda de su amiga, no mostraba una pizca de miedo. Al contrario, imitaba la postura indignada de la señora Del Ríos y gritaba a los cuatro vientos:
—¡Estafadores!
Todo el relajo provocó que los abuelitos que hacían fila para comprar empezaran a dudar, y muchos se acercaron a preguntarle a la señora Del Ríos si de verdad los estaban engañando.
La señora Del Ríos se dio unas palmadas en el pecho y aseguró con toda confianza:
—¡Se los digo yo, que soy médica jubilada! ¡Si sabré yo de lo que hablo!
Uno de los estafadores, que traía puesta una bata blanca para hacerse pasar por doctor, se puso pálido del coraje. Agarró un papel del escritorio y se lo plantó en la cara a la señora Del Ríos.
—No ande levantando falsos, señora. Fíjese bien, tenemos la certificación oficial de Novygen Biotecnología que avala y garantiza todos los beneficios de nuestros productos. ¡Mire, aquí está el sello oficial de la empresa!
—¿Novygen Biotecnología?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA