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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 633

Melisa subió de inmediato al asiento del copiloto, echó un vistazo al arma y solo dijo:

—Voy contigo.

Lisandro no estaba para discutir; pisó el acelerador a fondo y la camioneta salió disparada hacia la Reserva Klein.

Huracán también recogió sus cosas a toda prisa y se puso en marcha.

Los miembros de la mafia que estaban emboscados en la zona notaron el movimiento de Melisa y actuaron al mismo tiempo.

Varios vehículos, manteniendo cierta distancia entre ellos, aceleraron rumbo a la Reserva Klein.

Debido a sus estrictas políticas de protección animal y natural, la Reserva Klein era una de las pocas que no estaban abiertas al público.

Normalmente, solo el personal de organizaciones de conservación entraba para darle mantenimiento, por lo que conservaba su aspecto salvaje y primitivo.

Al llegar a la entrada, no fue sorpresa que el vehículo de Lisandro fuera interceptado.

El guardia se acercó a la ventanilla.

—No pueden pasar sin una acreditación.

Lisandro trató de explicarle desesperado:

—Hace como una hora llegó una camioneta transportando un león. ¡Mi hija Aria está ahí adentro! Ella es la dueña del león y se escondió en la caja sin que su madre se diera cuenta. Solo queremos recuperarla.

—¿Una niña? —El guardia se quedó desconcertado.

Sabiendo que ese día había gente muy importante celebrando un evento especial y secreto adentro, sintió que algo andaba mal.

—Permítame un momento, voy a checarlo.

Entró a la caseta y tomó el radio.

—Mende, hay un señor con una muchacha en la entrada. Dice que es el dueño del león que acaban de traer y que su hija se escondió en la camioneta. Viene a buscarla.

Al otro lado, Mende volteó a ver su camión completamente vacío.

—¿Qué? El león ya lo soltaron en la zona de caza y el camión está aquí atrás en revisión. Yo no vi a ninguna niña. ¿Dices que viene con una joven?

El guardia echó un vistazo afuera.

—Sí, así es.

Mende se puso a la defensiva.

—Ten cuidado, a lo mejor trajo a una periodista. Dile que aquí no hay ninguna niña y córrelos. ¡No dejes que entren, hoy está prohibido el paso para todos!

El guardia apagó el radio y volvió a salir.

—Ya le pregunté al que trajo el león. Dice que al descargarlo no vio a ninguna niña. A lo mejor se fue a jugar a otro lado. Vayan a buscarla por allá.

Lisandro quiso insistir en que su hija estaba en el vehículo, pero el hombre lo cortó en seco y los obligó a retirarse.

La preocupación endureció de golpe el rostro de Lisandro.

Dio la vuelta al carro y se alejaron.

Melisa preguntó:

—¿Hay algún otro camino?

—Sí —respondió él—. La reserva es inmensa. Por más que pongan mallas, siempre hay huecos. Si es una reserva, seguro hay cazadores furtivos entrando y saliendo. Será fácil encontrar un paso.

Y no se equivocó.

Poco después, Lisandro detuvo el carro frente a un bosque de abedules.

La cerca en esa zona estaba floja.

La voz de Lisandro temblaba de ira.

—¡Están usando la reserva como fachada para sus malditos juegos de cacería!

A lo lejos, se escuchó el rugir de motores.

Se mantuvieron agachados y vieron cómo un par de vehículos todoterreno aplastaban los arbustos sin piedad y se detenían junto al ñu ensangrentado.

Unos hombres con ropa de cacería bajaron entre risas, tomándose fotos con el animal que aún tenía espasmos.

—¡Miren a este ñu, por muy rápido que corra no le gana a una bala!

—La próxima ronda será para ese nuevo león. Dicen que es bastante feroz, a ver quién se lleva su cabeza, jaja...

La respiración de Lisandro se agitó violentamente.

Melisa tuvo que presionarle la mano para evitar que levantara su rifle.

Solo cuando los vehículos se alejaron con el cadáver del animal, ella lo soltó.

Notó que Lisandro tenía los ojos inyectados en sangre.

—El león del que hablan tiene que ser Sawa —dijo con la voz temblorosa—. ¡Aria debe estar con él! Jamás dejaría que le hicieran daño a su león. Seguro ya se dio cuenta de todo y se escondieron.

Comenzaron a seguir las huellas de las llantas a toda prisa.

De pronto, Melisa sintió que algo andaba mal y jaló a Lisandro para tirarse pecho tierra en una zanja.

Sobre sus cabezas se escuchó el ruido de unas hélices.

Un helicóptero volaba a baja altura; en la puerta, un francotirador sostenía su arma.

—¡Carajo, ¿hasta helicópteros traen?! —murmuró Lisandro, incrédulo.

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