Melisa subió de inmediato al asiento del copiloto, echó un vistazo al arma y solo dijo:
—Voy contigo.
Lisandro no estaba para discutir; pisó el acelerador a fondo y la camioneta salió disparada hacia la Reserva Klein.
Huracán también recogió sus cosas a toda prisa y se puso en marcha.
Los miembros de la mafia que estaban emboscados en la zona notaron el movimiento de Melisa y actuaron al mismo tiempo.
Varios vehículos, manteniendo cierta distancia entre ellos, aceleraron rumbo a la Reserva Klein.
Debido a sus estrictas políticas de protección animal y natural, la Reserva Klein era una de las pocas que no estaban abiertas al público.
Normalmente, solo el personal de organizaciones de conservación entraba para darle mantenimiento, por lo que conservaba su aspecto salvaje y primitivo.
Al llegar a la entrada, no fue sorpresa que el vehículo de Lisandro fuera interceptado.
El guardia se acercó a la ventanilla.
—No pueden pasar sin una acreditación.
Lisandro trató de explicarle desesperado:
—Hace como una hora llegó una camioneta transportando un león. ¡Mi hija Aria está ahí adentro! Ella es la dueña del león y se escondió en la caja sin que su madre se diera cuenta. Solo queremos recuperarla.
—¿Una niña? —El guardia se quedó desconcertado.
Sabiendo que ese día había gente muy importante celebrando un evento especial y secreto adentro, sintió que algo andaba mal.
—Permítame un momento, voy a checarlo.
Entró a la caseta y tomó el radio.
—Mende, hay un señor con una muchacha en la entrada. Dice que es el dueño del león que acaban de traer y que su hija se escondió en la camioneta. Viene a buscarla.
Al otro lado, Mende volteó a ver su camión completamente vacío.
—¿Qué? El león ya lo soltaron en la zona de caza y el camión está aquí atrás en revisión. Yo no vi a ninguna niña. ¿Dices que viene con una joven?
El guardia echó un vistazo afuera.
—Sí, así es.
Mende se puso a la defensiva.
—Ten cuidado, a lo mejor trajo a una periodista. Dile que aquí no hay ninguna niña y córrelos. ¡No dejes que entren, hoy está prohibido el paso para todos!
El guardia apagó el radio y volvió a salir.
—Ya le pregunté al que trajo el león. Dice que al descargarlo no vio a ninguna niña. A lo mejor se fue a jugar a otro lado. Vayan a buscarla por allá.
Lisandro quiso insistir en que su hija estaba en el vehículo, pero el hombre lo cortó en seco y los obligó a retirarse.
La preocupación endureció de golpe el rostro de Lisandro.
Dio la vuelta al carro y se alejaron.
Melisa preguntó:
—¿Hay algún otro camino?
—Sí —respondió él—. La reserva es inmensa. Por más que pongan mallas, siempre hay huecos. Si es una reserva, seguro hay cazadores furtivos entrando y saliendo. Será fácil encontrar un paso.
Y no se equivocó.
Poco después, Lisandro detuvo el carro frente a un bosque de abedules.
La cerca en esa zona estaba floja.

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