Vera era la hija del director de la Agencia de Investigación de la República de Monteverde.
Teófilo era el heredero de un corporativo transnacional.
Jorge era el hijo del dueño de una empresa de tecnología de punta.
Jennifer venía de una dinastía de políticos.
Además, todos compartían algo: eran miembros de una organización de protección animal y fungían como embajadores en sus respectivos países, siempre haciendo campañas.
Detrás de esos nombres había un poder y unas influencias incalculables.
En comparación, Nicanor —con un balazo en el hombro y aspecto rudo— y Melisa —con raspones, sangre en la ropa y una calma aterradora— parecían simples mortales.
—¡Todos, bajen las armas! ¡Manos a la cabeza! —gritó el oficial al mando, con la voz temblorosa al ver al león pelando los dientes.
Nicanor les hizo una seña a sus hombres, y todos obedecieron, aunque sin bajar la guardia.
Melisa dejó su pistola sin balas en el piso, totalmente relajada.
Los policías se acercaron rápido para esposar a Nicanor y a los sicarios, pero nadie se atrevió a tocar a Melisa; el león le cubría el pecho con su inmensa cabeza.
Los oficiales no querían hacer un movimiento en falso, y mucho menos disparar, ya que matar a un animal de especie protegida era un delito grave.
Tras unos segundos de tensión, Melisa volvió a acariciar al león para calmarlo.
—Le prometí a Aria que volverías con ella y así será. Pero ahorita tengo que arreglar este asunto.
Melisa dio un paso al frente y extendió las manos para que la esposaran.
El león soltó otro gruñido, como si soltara un largo suspiro, y finalmente saltó por el ventanal roto para perderse en el bosque.
Melisa y los demás serían llevados a la delegación junto con los niños ricos.
Sin embargo, Nicanor no planeaba quedarse de brazos cruzados.
Con su experiencia en el bajo mundo, ya tenía un plan B.
Ya en la patrulla, se sentó junto a Melisa y le susurró:
—Tengo a mi gente escondida más adelante. Van a tirar ponchallantas para interceptar la patrulla y sacarnos de aquí, no te apures.
Melisa respondió:

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