Las palabras de Ramiro ocultaban una amenaza:
—¡Usted tiene que ayudarme! ¡Fue usted quien me arrastró a esto y me convirtió en un traidor! Estamos en el mismo barco.
—No te atrevas a amenazarme, o ni tu familia ni tu hija saldrán vivos de esta.
El hombre bajó la voz:
—Recuerdo que hace poco descubrieron que la señora Mijares está embarazada de su segundo hijo, ¿verdad? A su edad, poder gestar una nueva vida es realmente asombroso.
Ramiro se quedó helado del terror.
¡Era algo que ni siquiera le había contado a su propia hija!
—¡Iván Cordero! —gritó Ramiro—. ¡No te atrevas!
El hombre respondió con voz grave:
—Estamos en el mismo barco y nadie puede traicionar a nadie. Solo te lo advierto, toda la gloria que tienes hoy fue gracias a mí. No olvides mis favores.
Ramiro replicó con rencor:
—Tampoco olvides que Vera es tu sobrina. Si sale a la luz su escándalo, tú también te verás afectado.
—Pondré a alguien a cargo de este asunto. —Iván colgó el teléfono.
Las condiciones del centro de detención no eran las mejores, pero Nicanor y Melisa estaban encerrados en celdas contiguas de la misma zona.
Era evidente que alguien lo había preparado a propósito para facilitar la presión.
Efectivamente, en los días previos a la demanda, todo tipo de personas desfilaron por ahí para averiguar los motivos de Melisa y presionarla, con la esperanza de obtener pruebas a su favor.
Pero sin importar si venían con buenas intenciones o con amenazas, tanto Melisa como Nicanor se mantuvieron extrañamente tranquilos.
Sus versiones coincidían a la perfección y nadie logró sacarles nada.
Los labios de Melisa se curvaron lentamente en una sonrisa tan sutil que hizo que el corazón de Vera diera un vuelco de pura inquietud.
—¡Melisa! —Vera la agarró del cuello de la ropa y continuó—: También podemos hacer un trato. Si las cosas siguen así, es seguro que vas a morir. Pero si me ayudas a conseguir el fondo fiduciario de los Mijares y dejas de apoyar a Dani, te perdono la vida, ¿qué dices?
Melisa le sostuvo la mirada.
—Si confiesas todos tus crímenes y admites que tu padre es un maldito corrupto, yo te perdono la vida a ti, ¿qué te parece?
—¡Cabrona! —Vera se dio cuenta de que Melisa solo se estaba burlando de ella.
La empujó con fuerza, se puso de pie y lanzó una amenaza final:
—Ya te veré suplicándome. Y él también morirá por tu culpa. Pudréte en el infierno.
Cuando Vera se fue, Nicanor, desde la celda de al lado, preguntó con fastidio:
—¿De verdad vamos a quedarnos aquí sin hacer nada hasta el juicio?

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