Las palabras de Ramiro ocultaban una amenaza:
—¡Usted tiene que ayudarme! ¡Fue usted quien me arrastró a esto y me convirtió en un traidor! Estamos en el mismo barco.
—No te atrevas a amenazarme, o ni tu familia ni tu hija saldrán vivos de esta.
El hombre bajó la voz:
—Recuerdo que hace poco descubrieron que la señora Mijares está embarazada de su segundo hijo, ¿verdad? A su edad, poder gestar una nueva vida es realmente asombroso.
Ramiro se quedó helado del terror.
¡Era algo que ni siquiera le había contado a su propia hija!
—¡Iván Cordero! —gritó Ramiro—. ¡No te atrevas!
El hombre respondió con voz grave:
—Estamos en el mismo barco y nadie puede traicionar a nadie. Solo te lo advierto, toda la gloria que tienes hoy fue gracias a mí. No olvides mis favores.
Ramiro replicó con rencor:
—Tampoco olvides que Vera es tu sobrina. Si sale a la luz su escándalo, tú también te verás afectado.
—Pondré a alguien a cargo de este asunto. —Iván colgó el teléfono.
Las condiciones del centro de detención no eran las mejores, pero Nicanor y Melisa estaban encerrados en celdas contiguas de la misma zona.
Era evidente que alguien lo había preparado a propósito para facilitar la presión.
Efectivamente, en los días previos a la demanda, todo tipo de personas desfilaron por ahí para averiguar los motivos de Melisa y presionarla, con la esperanza de obtener pruebas a su favor.
Pero sin importar si venían con buenas intenciones o con amenazas, tanto Melisa como Nicanor se mantuvieron extrañamente tranquilos.
Sus versiones coincidían a la perfección y nadie logró sacarles nada.

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