Melisa lo tranquilizó:
—Nicanor, solo tenemos que aguantar el día de hoy.
—¿Qué tiene de especial hoy? Mañana ya es el juicio —dijo Nicanor.
Melisa soltó una leve sonrisa.
—Es el día en que comienza mi propio tribunal.
A las diez con cuatro minutos de la noche, hora sincronizada a nivel mundial, en las plazas públicas y zonas de entretenimiento más famosas y concurridas de distintos países, las pantallas gigantes que un segundo antes transmitían comerciales, se congelaron al dar las 22:04.
De inmediato, los altavoces de los lugares emitieron un chirrido insoportable.
Ese ruido apareció de la nada, tomando por sorpresa a los encargados de las cabinas de control.
Para cuando reaccionaron, todas las pantallas ya habían sido hackeadas.
El estruendo asustó a las multitudes bajo los anuncios.
Todos se detuvieron en seco, tapándose los oídos y levantando la vista, llenos de confusión, hacia las pantallas electrónicas que se apagaron por un segundo para luego volver a encenderse de golpe.
Las pantallas no mostraron publicidad, sino una grabación de video.
El fondo era la sala de aquella lujosa y escondida mansión.
Vera estaba de pie en medio de un grupo de jóvenes ricos y elegantes.
Llevaba en el rostro una expresión exagerada y lastimera, imitando la misma pose que usaba en sus conferencias oficiales:
—¡Amigos! —Su voz resonó a través de los potentes altavoces de las plazas, cargada de una hipocresía repugnante—. ¡Tenemos que ser conscientes de que cada animal salvaje es un tesoro que la naturaleza nos ha regalado! Cuando veo a esos pobres rinocerontes masacrados por sus cuernos, a los elefantes caer por el marfil...
Su rostro, que claramente mostraba una mueca de burla y falsedad, era diametralmente opuesto a la imagen angelical del video promocional de protección animal que acababa de lanzarse.
Además, los jóvenes millonarios a su alrededor no paraban de reírse por lo bajo mientras ella hablaba.
En el audio también se alcanzaban a oír comentarios burlones en los que presumían los animales que habían cazado a lo largo del día.
Al ver las caras de esos ricachones, el susto inicial de la gente en las plazas se transformó rápidamente en conmoción y pura rabia.
El video seguía reproduciéndose.
Cuando Teófilo entró a la mansión cargando a Aria cubierta de sangre; cuando Vera dijo con total frialdad: «Mézclenla con la carne de ñu y dénsela mañana a las hienas»; cuando Jorge y los demás agarraron cuchillos de carnicero y se acercaron a la niña desmayada; cuando Jennifer se quedó temblando a un lado sin decir ni pío... el silencio mortal de las plazas se rompió por completo.
En Times Square, Nueva York, una chica soltó un grito aterrado:
—¡Querían matar a la niña para tapar que estaban masacrando animales! ¡Son unos malditos monstruos!
Aquel grito desató la furia de todos al instante.
Aunque las familias de los millonarios reaccionaron de inmediato e intentaron mover sus contactos e influencias para bajar los videos, fue inútil.
El hacker había convertido el archivo en un virus que se esparcía sin control.
No había nada que pudieran hacer.
La fachada de «santos protectores de los animales» que Vera y sus amigos habían construido con tanto cuidado se hizo pedazos en una sola noche frente a millones de personas.
Las organizaciones ambientales enfrentaron la peor crisis de credibilidad de su historia.
Sus páginas web colapsaron por el ataque masivo de cibernautas furiosos.
Otros hackers se unieron a Águila e intervinieron los sitios oficiales;
Las imágenes institucionales con mensajes ecológicos fueron reemplazadas por una foto de Vera burlándose, acompañada por la frase: «¿Qué está haciendo su querida embajadora?».
Cuando Vera vio cómo las noticias corrían como pólvora, e incluso se topó con fotos suyas editadas como retratos de funeral exigiendo que se muriera, no pudo soportar el linchamiento digital.
Se desplomó en su silla, con las manos y los pies helados del pánico.
—¡No puede ser! ¡Cómo se atrevió Melisa a hacerme esto!
Mientras tanto, Melisa...

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