Melisa susurró su nombre, con la voz cargada de jadeos ansiosos. Muy en el fondo sentía un vacío inmenso, deseando conectarse con él a un nivel mucho más profundo, fundirse con él.
Ese llamado destrozó por completo lo que quedaba del autocontrol de Dani.
La cargó en brazos y caminó por el agua hacia la orilla; las salpicaduras a sus espaldas parecían estrellas fugaces. Con ella en brazos, caminó a paso firme hacia la tienda que ya tenía preparada, dejando huellas profundas en la arena suave.
Al entrar, la recostó con delicadeza sobre una colchoneta cubierta con una manta gruesa, tratándola como si fuera algo frágil y muy valioso.
El techo de la tienda estaba hecho de un material transparente que les permitía ver la inmensidad del cielo estrellado desde abajo. En ese momento, miles de estrellas parecían ser testigos de su amor.
Dani se apoyó sobre ella; su cabello corto empapado goteaba sobre las mejillas sonrojadas de Melisa. Sus ojos eran tan profundos como el mar, y en ellos se veía una tormenta de amor y deseo que casi parecía a punto de devorarla.
—Melisa —dijo él; tenía la voz sumamente ronca, cargada de una necesidad que casi rozaba el dolor—. Mírame.
Melisa abrió los ojos nublados y se encontró con ese fuego que ardía solo para ella. Levantó la mano, acariciando suavemente su mandíbula tensa y bajando hasta su manzana de Adán.
Él aún no perdía el control al punto de tomarla sin pensar. Ya se habían tanteado muchas veces, pero nunca habían cruzado la verdadera línea.
Él la miró, jadeando con fuerza, y volvió a preguntarle con respeto, pero lleno de deseo:
—¿Estás segura? ¿De verdad quieres hacerlo conmigo?
—Si no puedes, yo puedo tomar el mando —dijo ella pestañando, con los ojos húmedos; además de deseo, en su mirada se notaba mucha curiosidad por explorar y descubrir.
Esa frase fue el detonante perfecto. Dani soltó una carcajada incontenible y bajó la cabeza.
—Es muy pronto para que me subestimes.
Definitivamente iba a demostrarle lo aterrador que podía ser un hombre que le había entregado la mitad de su vida al mar y al país, ahora que ese deseo reprimido se desataba como una bestia salvaje para hacerla suya.
Volvió a inclinarse para besarla con fuerza, esta vez con una pasión y una posesividad arrolladoras.
—¿Eh?
Él sonrió de lado.
—Al principio, pensé que ese tipo de cosas eran inaceptables y hasta los castigué por romper la disciplina, pero ahora que me toca vivirlo, me doy cuenta de que es una historia muy diferente.
Desde la perspectiva de Melisa, sentir su cabello rozándole los muslos hizo que abriera los ojos de par en par. Esos sonidos resonaban de forma tentadora y clara en el silencio de la isla.
Era lo único que Dani había podido aprender: intentar que ella estuviera lo más relajada y cómoda posible.
En poco tiempo, la paciencia de Dani llegó a su límite. Levantó la cabeza y se limpió con el dorso de la mano. Luego tomó lo que le había pedido a sus hombres que prepararan con anticipación.
Aún no era el momento adecuado para tener hijos, y quería cuidar de su cuerpo. Bajo la mirada atenta de Melisa, sus ojos se encontraron y ella asintió levemente.
Dani...

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