Justo cuando estaba en pleno llanto dramático frente a la policía y los rescatistas, un susurro ronco sonó a sus espaldas.
—Mamá.
Esa simple palabra hizo que los lamentos de Camila se cortaran de tajo. Giró la cabeza como si fuera un robot.
Claudia estaba de pie con la ayuda de Orfeo, llena de golpes y rasguños por todo el cuerpo. Tenía la mirada clavada en ella, una mirada tan sombría, llena de un odio y una desesperación tan infinitos, que a Camila se le heló la sangre.
—Tú... tú...
Claudia apartó la mano de Orfeo y, tambaleándose paso a paso, caminó por su propia cuenta hasta quedar frente a Camila.
Tal vez fue su aspecto miserable, o el aura de resentimiento puro que emanaba, lo que hizo que la gente a su alrededor retrocediera por instinto y clavara sus ojos en ella.
—¿Te decepciona que siga viva? —preguntó Claudia.
Frente a tantos policías, paramédicos y los invitados que quedaban, Camila palideció de golpe. Forzó una sonrisa que parecía más bien una mueca de dolor e intentó tomarle la mano.
—¡Claudia! ¡Qué cosas dices! ¿Cómo iba a estar decepcionada? ¡Me tenías muerta de la preocupación! Verte a salvo... ¡me hace tan feliz!
Intentaba cubrir su culpa con una actuación exagerada, pero su voz delataba un temblor casi imperceptible, y la forma en que miraba a su hija era una clara amenaza.
Lo que no se esperaba era que la hija que siempre había acatado sus órdenes ya no pensaba obedecerle nunca más.
Claudia se soltó de un tirón. El movimiento fue tan brusco que le tiró de las heridas y la hizo hacer una mueca de dolor, pero le importó un carajo.
Los que estaban alrededor la miraban con el ceño fruncido, confundidos.
—¿Feliz? —La voz de Claudia no era alta, pero el tono sarcástico hizo que todos los presentes contuvieran el aliento—. Pensé que estarías decepcionada de que no me hubiera estrellado contra el fondo junto con Gabriel. Lo viste, ¿verdad? Viste cómo te pedía ayuda, y saliste corriendo.
Los murmullos no se hicieron esperar.
—¡No manches! ¿Qué está diciendo? ¿Que Camila dejó a su propia hija ahí tirada? ¿Qué clase de monstruo es?
—¿No has visto las noticias? Si está metida en trata de personas, ser una desalmada es lo de menos.
—¿Alguna vez me quisiste?
La mirada de su hija logró aterrar a Camila de verdad. Un mal presentimiento empezó a formarse en su estómago.
—Claro que te quiero... Soy la única persona en el mundo que te ama de verdad.
—Entonces, ¿por qué me obligaste a casarme con Gabriel? ¿Acaso no sabías que era un sádico? —De repente, Claudia se arremangó la blusa, dejando a la vista las cicatrices de los latigazos. Sonrió con amargura. Ella, que siempre había sido la más orgullosa y la que más cuidaba las apariencias, la que había odiado a muerte a Melisa por opacarla en todo.
Pero ahora que lo veía todo con claridad, se dio cuenta de que su miseria no solo era culpa de su propia envidia, sino de haberse acostumbrado a ser el perro faldero de su madre.
—Mamá, Gabriel era incluso mayor que tú... Podía decirle abuelo. ¿Por qué me obligaste a casarme con él? —Claudia caminó tambaleándose hacia ella, con lágrimas cayendo de sus ojos vacíos—. Hice todo lo que me pediste. Me maté estudiando piano, me esforcé para ser útil para ustedes, obedecí y me casé con un viejo millonario para pavimentarles el camino, creyendo que ese era mi propósito en la vida. Pero, ¿por qué? Hice todo al pie de la letra y, al final, ni siquiera fueron capaces de quererme... preferían verme muerta.
La acusación de Claudia, cargada de dolor y sangre, cayó como una bomba, desatando el caos.
—¡¿Qué?! ¿Gabriel era un sádico?
—¡A la madre! Mírale el brazo, ¡tiene cicatrices viejas y nuevas juntas! ¿Qué no llevaban poquito de casados? ¡En las noticias decían que se habían casado por amor! ¿O sea que todo fue un maldito trato comercial?

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