—¡Ya despertaste! —dijo Mateo.
Nicanor le pasó una de las hojas a Melisa y se inclinó hacia ella para explicarle.
—Gabriel era un enfermo y un egoísta de lo peor. Sus hijos crecieron bajo su crianza retorcida. Y como el viejo tenía una obsesión enferma por controlarlo todo, jamás dejó un testamento. Quería tener todo su dinero bien amarrado hasta el último día.
Melisa enarcó una ceja.
—¿Y eso significa...?
—Según me informaron —intervino Waldo—, desde que la primera esposa de Gabriel enfermó hasta el día en que murió, el tipo nunca dejó de meter mujeres a su casa. Sus hijos me contaron que llegó al grado de tener sexo con prostitutas frente a su esposa cuando ella estaba en sus últimos días, e incluso quiso obligarlos a participar. Cuando la madre murió, todos los hijos, por voluntad propia, iniciaron un proceso legal para renunciar a cualquier vínculo consanguíneo con él. Firmaron ante notario. Nadie quería pasar el resto de su vida amarrado a un monstruo así.
—O sea —concluyó Nicanor—, que todo el dinero de la venta de los terrenos A7 y A8, además de la enorme fortuna que ya tenía, pasa directamente a su cónyuge legal. En este caso, Claudia es la heredera universal.
—El detalle está —añadió Waldo— en que, ahora que Gabriel estiró la pata y dejó semejante mina de oro, hay muchas probabilidades de que los hijos intenten pelear la herencia.
Con esto, todas las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección.
La razón por la que Camila no quiso salvar a su hija... Seguramente, desde que acordó casarla con Gabriel, ya había investigado el historial del tipo y la situación con sus hijos.
—¿Y dónde está el asesor financiero de Gabriel? —preguntó Melisa—. Háganlo pasar. Que le explique a Claudia de cuánto estamos hablando y cómo funciona lo de la herencia. No es tonta, en cuanto entienda lo que está en juego, se le quitarán las ganas de dejarse morir.
El señor consultor personal de Gabriel ni siquiera había terminado de cuadrar los libros contables tras enterarse de la muerte de su jefe, cuando Mateo ya lo había localizado y mandado escoltar hasta el hospital.
En ese momento, Claudia sentía que había arruinado su propia vida. Mientras más tiempo pasaba despierta, más asimilaba lo que había hecho frente a las cámaras y más se arrepentía de haber sacado los trapos sucios de la familia.
No se arrepentía por haberlos expuesto, sino porque al hundir a sus padres, ella misma se había cortado su única vía de escape.
¿Qué iba a ser de ella ahora? ¿La iban a procesar también? ¿Iba a terminar en la cárcel?
¿La encerrarían en la misma celda que a su madre?
Cuando la policía volvió a entrar y le preguntó si sostendría su declaración, ella tartamudeó:
—Yo... la verdad no recuerdo bien qué dije en ese momento...
Justo cuando iba a retractarse de todo, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
El asesor financiero entró apresurado. Se identificó ante la policía y ante ella, y, con el permiso de los oficiales, se sentó frente a la cama.
Los ojos de Claudia se fueron abriendo poco a poco; pasó de la confusión al impacto total, y luego a una expresión de incredulidad absoluta.
Abrió la boca para hablar, pero no le salió la voz.
Esa cifra resonaba en su cabeza como una bomba, creando un contraste absurdo con la fría sala de hospital, el inminente juicio de sus padres y el futuro miserable que segundos antes la tenía aterrada.
—¿Yo... voy a heredar todo eso? —preguntó con la voz reseca y temblorosa—. ¿Cómo es posible? ¿Por qué me lo dejaría a mí?
—Lo que pasa es que los hijos del señor Mendoza cortaron toda relación legal con él hace años debido a conflictos familiares. Renunciaron formalmente a cualquier obligación de manutención y a sus derechos de herencia, y el papeleo está en regla. Por lo tanto, por ley, usted se queda con absolutamente todo.
El asesor añadió con cautela:
—Sin embargo, tratándose de una cantidad tan fuerte de dinero, es muy probable que, al enterarse de la cifra exacta, sus hijos intenten apelar o meter una demanda. Le sugiero que contrate a un buen abogado para que trabajemos juntos en asegurar su patrimonio.
Claudia se quedó congelada en la cama. El impacto de la noticia la dejó aturdida por unos instantes, pero a medida que su cerebro volvía a funcionar, entendió todo a la perfección y preguntó de la nada:
—¿Gabriel cortó lazos con sus hijos desde hace mucho, verdad?

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