—Aunque hay algo que no me cuadra.
Mientras veía cómo la policía se llevaba a Gaspar y a su esposa, Melisa preguntó con curiosidad:
—A fin de cuentas, Claudia salió del vientre de Camila. Debe haber cierto apego o sentimiento maternal ahí. ¿Por qué decidió dejarla morir? ¿Fue solo por miedo a perder su propia vida?
Orfeo le entregó a Claudia a los paramédicos y se aseguró de asignarle guardaespaldas que la vigilaran las veinticuatro horas antes de subir al carro junto con Melisa.
—¿Y qué pasó con Gabriel? —preguntó él mientras arrancaba para seguir a la ambulancia.
—Muerto. Cayó con Claudia cuando el suelo colapsó. La tumba del Rey Legendario que está ahí abajo tenía trampas de mercurio para los saqueadores. A su edad, el viejo debe haber quedado hecho polvo.
—La policía seguro contactará a los hijos de Gabriel de inmediato. No tardaremos en averiguar qué fue lo que pasó por la cabeza de Camila.
Claudia había inhalado una gran cantidad de gas tóxico, lo que le provocó una infección severa en los pulmones, además de las infecciones por las heridas abiertas. Su estado era crítico y su vida corría peligro.
Como dueña del Hospital de los Santos, Melisa entró personalmente al quirófano. Le salvó la vida eliminando las toxinas de su organismo y reconstruyendo su esternón y brazo, que estaban destrozados.
Incluso la propia Melisa estaba un poco sorprendida.
Para alguien como Claudia, que había vivido entre algodones toda su vida, una fractura múltiple de ese nivel debió haberle causado un dolor paralizante; sin embargo, logró ignorarlo por puro coraje solo para plantarle cara a su madre.
¿Cuánto odio debía sentir para hacer algo así?
Después de la operación, Melisa se puso a ayudar a los demás médicos con los heridos de la fiesta, que no eran pocos. Estuvo trabajando a tope hasta la mañana siguiente, cuando por fin pudieron hacer cambio de turno y fue a descansar un rato.
Sus hermanos y su abuelo llegaron al hospital. Querían verla a ella, claro, pero tras enterarse de las declaraciones en las noticias, también pasaron a ver el estado deplorable en el que había quedado su prima.
Leopoldo miró a Claudia, que seguía inconsciente, y soltó un suspiro pesado.
—Cosechas lo que siembras, no hay de otra.
Nicanor también la miraba con una expresión indescifrable, aunque sin mucha lástima.
—Camila solita se dio un balazo en el pie esta vez.
Claudia pasó tres días completos en terapia intensiva antes de que la pasaran a piso.
En cuanto despertó, la policía no tardó ni cinco minutos en aparecer para tomarle la declaración.
Pero ella solo se quedó mirando a la nada, con los ojos vacíos. No le dirigía la palabra a nadie.
Sin más remedio, los oficiales se tuvieron que retirar.
Pasó otro día.
Las noticias explotaron: la policía había encontrado una fosa clandestina en el cerro de La Esperanza, sacando un total de veinte cadáveres. Sin excepción, todos eran cuerpos de mujeres.

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