"Justo cuando necesitábamos oxígeno, nos lo traen a domicilio".
En el agua turbia de sangre, Melisa despojó rápidamente a los dos soldados muertos de sus tanques de oxígeno y reguladores. Le colocó una mascarilla a Dani y se puso la otra.
La entrada de oxígeno puro en los pulmones causaba un ligero mareo, pero también avivaba un intenso instinto de supervivencia.
"¡Vamos!", exclamó arrastrando a Dani y sumergiéndose nuevamente.
Con el apoyo del oxígeno, su velocidad aumentó.
Los efectos secundarios de la droga hicieron que Dani viera las paredes de roca ondulantes. Las luces se deformaban y susurraban voces inexistentes en sus oídos.
Se mordió la lengua con fuerza, utilizando el dolor para mantener la cordura. Dedicaba toda su voluntad a seguir la figura borrosa, pero firme, que iba frente a él.
Para ahorrar oxígeno, aguantaban la respiración hasta el límite antes de tomar una bocanada. Sin embargo, los tanques estaban casi vacíos, pues el laberinto submarino los obligaba a retroceder constantemente por pasadizos sin salida para probar otras rutas.
El medidor de Melisa emitió una leve vibración de advertencia.
Las alucinaciones de Dani empeoraban. Veía colores brillantes estallando en el agua y a sus camaradas caídos saludándolo. Su cuerpo comenzó a convulsionar de manera incontrolable, queriendo soltarse de la mano que lo arrastraba hacia adelante.
Al percibir que algo andaba mal, Melisa se dio la vuelta en las oscuras aguas y lo abrazó con fuerza. A través de la máscara, presionó su frente contra la suya, fijó su mirada en los ojos perdidos de él y articuló en silencio: "Resiste un poco más. Ya estamos cerca de la salida".
Eran palabras de aliento, pero en realidad, Melisa nunca había atravesado ese río subterráneo. Todos sus cálculos y sentido de orientación se basaban en suposiciones fundamentadas en conocimientos teóricos.
Si su dirección era correcta, como ella creía, el final de ese largo túnel acuático desembocaría en las aguas profundas del borde de la isla, precisamente donde ella había buceado para encontrarse con el Capitán Lobo, y donde su gente esperaba.
El oxígeno se agotó. La última pizca de luz de la linterna parpadeó unas veces por falta de batería antes de apagarse por completo.
Ella, sin dudarlo, arrojó el pesado tanque vacío, le tapó la nariz a Dani y, cuando él abrió la boca por el instinto de la asfixia, le introdujo su propio regulador, transfiriéndole las últimas bocanadas del precioso aire. Luego lo jaló, utilizando hasta su último aliento, para nadar con fuerza hacia adelante.
La oscuridad absoluta los engulló como un monstruo. Mientras intentaban superar el terror psicológico, sus pulmones ardían como el fuego y su conciencia comenzó a nublarse.
Dani, gravemente herido desde el principio, había perdido casi toda su movilidad y capacidad de pensar. Dependía por completo de que Melisa lo arrastrara.
Justo cuando ella sintió que había llegado a su límite, que no aguantaba más, apretó la mano de Dani con todas sus fuerzas. La sostuvo como si su vida dependiera de ello.
Incluso en ese momento, no se arrepentía de su decisión. Se giró para mirar el rostro del hombre, y, entre la oscuridad y el agua turbia, su rostro pálido apareció borroso en su visión.
Un destello leve iluminó el rostro de él.
La mirada de Melisa se detuvo.
Vicente Guerrero gritó: "¡Jefa! ¡Rápido! ¡Bajen a rescatarlos!".
Huracán, con el chaleco salvavidas puesto, se lanzó de cabeza al agua, mientras Águila exclamaba asombrada: "¿Cómo salieron de ahí?".
Vicente, desesperado, se abalanzó sobre la barandilla, inclinándose para ayudar a subirlos a bordo.
Varios tripulantes y un médico se apresuraron a rodearlos y envolverlos en cálidas mantas.
Alguien comenzó a aplicar primeros auxilios a la pierna de Dani y a inyectarle medicamentos.
Tras recogerlos, la lancha se alejó a toda velocidad. Melisa, desplomada en la cubierta, con su poca lucidez explicó brevemente la condición de Dani y luego le dijo a Vicente: "En cuanto salgamos de esta zona sin señal, nos rastrearán, y los de Palmeras interceptarán el barco".
Vicente respondió: "Ya lo tengo todo arreglado. En el puerto más cercano hay un barco mercante de uno de nuestros clientes que va a cruzar el estrecho de Pérez. Nuestra lancha cuenta con un bloqueador de señal de alta tecnología que nos hará desaparecer de los satélites por un tiempo, hasta que el barco nos oculte en sus bodegas".
Melisa se sintió aliviada. "Voy a descansar un poco".
Y, al pronunciar esas palabras, perdió el conocimiento.
Águila la atrapó al instante. "¡Llévenla rápido adentro! ¡Tiene hipotermia!".

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