Pronto, ambas encontraron a Nicanor. A su lado estaban el Padrino de la familia Colombo, varios miembros de alto rango y Karina.
La disposición de ambos bandos parecía girar en torno a Karina, como si ella fuera el centro de la discusión.
Ella, como una enredadera venenosa y deslumbrante aferrada al árbol del poder, se apoyaba contra Nicanor. Sus cuerpos estaban tan pegados que él rodeaba descaradamente su cintura con una mano, exhibiendo una intimidad que estaba a la vista de todos.
Melisa murmuró:
—Nicanor está a punto de exigirles a los Colombo que le entreguen a Karina, pero todo es una farsa.
Teresa llevaba puesta una máscara, por lo que nadie podía descifrar su expresión, pero su tono sonaba inquebrantablemente sereno.
—Puede que sea una farsa para él, pero esa mujer se ha enamorado de Nicanor de verdad.
Se giró hacia Melisa.
—Es muy fácil distinguir la mirada de una mujer enamorada.
Melisa se quedó sin palabras porque, en el fondo, sabía que era cierto. Era casi imposible para cualquier mujer resistirse a los encantos que Nicanor irradiaba a propósito: un físico imponente, un estatus que infundía respeto, poder absoluto, dinero a raudales y un rostro tallado por los ángeles. Estar cerca de él sin sentir que el corazón latía desbocado era un verdadero reto.
—¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó Teresa.
—Llamar la atención de Karina.
Teresa esbozó una sonrisa de lado. Ya había captado su atención antes, y de la forma más humillante posible.
Melisa se alejó de Teresa y se refugió en las sombras.
Vieron a Karina apartarse de la multitud. Teresa levantó ligeramente el borde de su vestido y caminó hacia ella. Las dos mujeres terminaron una al lado de la otra en la barra, esperando que el cantinero les sirviera.
Karina giró la cabeza y, con una sola mirada, reconoció a la chica. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.
—Ah, eres tú, la conejita indefensa. El juguetito de Nicanor.

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