Luna sentía que las piernas se le volvían de gelatina, y Matías prácticamente la llevaba a rastras. Con un empujón desesperado, abrió de golpe una vieja puerta de metal y salieron disparados hacia una calle repleta de bares. El cielo ya estaba oscuro, y el lugar estaba abarrotado de gente.
Matías la empujó hacia el interior de un antro, aprovechando las luces estroboscópicas y la música a todo volumen para mezclarse entre la multitud.
Cuando los matones salieron del callejón, la marea humana era tan densa que no lograron ubicarlos. Fingieron buscar a su alrededor, y al no dar con ellos, se separaron y abandonaron el lugar.
Huracán, un hombre alto e imponente, se ajustó el cubrebocas y rió por lo bajo frente al micrófono de su radio. —Los muy idiotas estaban escondidos debajo de una mesa, me costó mucho trabajo fingir que no los veía.
Águila, que monitoreaba todo desde las cámaras de seguridad, le contestó: —Con eso basta. Ahora solo nos queda esperar. La pequeña princesa correrá a llorarle a su padre, entregándole el mensaje con precisión.
Renato, que también estaba con Águila, rascó su cabeza, confundido. —¿Cómo es que la heredera del mayor traficante de armas del mundo puede ser tan ingenua? Si la comparamos con nuestra señora Soto, la diferencia es abismal.
—Si tuviera un poco de cerebro, Matías no la tendría tan engañada. Ha vivido toda su vida en una burbuja de cristal, sobreprotegida por ser la única hija de la familia Aris —comentó Águila.
Renato se echó a reír. —Me encantaría ver la cara que van a poner cuando descubran que el temible Señor X es, en realidad, nuestra señora Soto.
...
Tras regresar a duras penas al deprimente hostal, Luna se comunicó de inmediato con su padre. Su historia fue confirmada y ampliada por el propio Matías.
Matías estaba aterrado. Buscó a Salvador y le dijo apresuradamente: —Papá, ya había escuchado sobre ese traficante internacional conocido como el Señor X. Pero siempre fue un fantasma; nunca se ha aliado con ninguna nación. Solo le vendía chatarra a pandillas o grupos minúsculos y se mantenía neutral. ¡Pero ahora resulta que está haciendo tratos con Monteverde! ¡¿Te imaginas el poder que le van a dar al país?! ¡Tienen una mina de uranio entera, el elemento indispensable para fabricar armas nucleares!
El rostro de Salvador se endureció; se acarició la barbilla, pensativo. —Señor X ya había tenido disputas con Aris en el pasado. Era cuestión de tiempo para que llegaran a este extremo. ¿Crees que los descubrieron?
Matías asintió, pálido. —Luna tiró un jarrón de cerámica por accidente, pero logré sacarla de ahí a tiempo.
Salvador cambió de color. —¡Empaquen sus cosas ahora mismo, nos vamos! Si lograron rastrearnos hasta aquí, seremos hombre muerto.
—Ese mensaje ya llegó a la cúpula de Aris, los refuerzos de su padre estarán aquí pronto —aseguró Matías—. Iván Cordero debe estar al tanto. Mientras tengamos a Luna de nuestro lado, él no nos dejará a la deriva.
Fue así como Salvador y su familia, huyendo como si fueran criminales, dejaron atrás el hostal en plena madrugada.
...
La cálida sonrisa de Héctor se desvaneció, siendo sustituida por una mirada evaluadora y cautelosa.
—¿Y por qué no va a hablar con él directamente?
Julián fue al grano: —En aquella misión de rescate en la que estuvo involucrado Dani, mi propia hija lideró una facción. Ellos despejaron el camino para salvarlo, pero fallaron en el último momento. Sin embargo, no la culpo. Mi objetivo principal era Dani.
Héctor se inclinó hacia el escritorio de caoba, entrelazando las manos. —Señor Aguirre, Dani es un héroe nacional, un baluarte de nuestro país. No es una mercancía que se pueda negociar. Y si se trata de elegir a dónde pertenece, esa decisión recae únicamente sobre él.
—¿Su decisión? —Julián dejó escapar una risa carente de calidez—. Señor Presidente, sabemos perfectamente que en este mundo muy pocas cosas dependen de las decisiones de un solo hombre. Especialmente alguien tan brillante y táctico como Dani. Su valor ha rebasado por completo los límites del deseo individual.
Héctor frunció el ceño, adoptando un tono firme y oficial. —Cualquiera que sea su valor, Dani es un soldado de Monteverde; está respaldado por nuestra constitución. Cualquier decisión que lo involucre debe estar alineada con los intereses de la nación y su voluntad. Por lo tanto, no hay base para una negociación.
—¿Intereses de la nación? —Julián finalmente alzó la vista. Esos ojos afilados, curtidos por la crueldad de los negocios, perforaron a Héctor—. Dígame, señor Presidente, para usted, ¿qué es exactamente el "interés de la nación" en este momento? ¿Es asegurar que el país continúe el rumbo que usted trazó una vez que su mandato termine... o acaso... —hizo una pausa intencional, evaluando cada reacción en el rostro de Héctor—... es quedarse de brazos cruzados mientras su gobierno es usurpado por alguien capaz de destruir su legado y ponerlo a usted detrás de las rejas?
Las pupilas de Héctor se contrajeron levemente. Mantuvo el silencio, pero la mandíbula apretada delató la sacudida interna que había provocado aquella afirmación.

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