Melisa, fastidiada, les soltó:
—Si no nos vamos ya, su coronel se les muere. ¿De verdad se van a hacer responsables?
Con la duda encima, los dos la subieron al carro y la llevaron con los Soto.
La residencia era imponente: columnas tipo romanas sosteniendo un pórtico enorme, y ornamentos tallados que brillaban bajo el sol.
Melisa cruzó el pasillo y, guiada por los oficiales, bajó en elevador al nivel subterráneo del edificio principal.
Al abrirse las puertas, la luz de candelabros de cristal inundaba el lugar. Afuera del cuarto de Dani ya había un montón de médicos de primer nivel.
Nadie podía con el cuadro. Solo estaban esperando el fármaco.
Vasco Soto, el abuelo, al ver que sus hombres regresaban, preguntó de inmediato:
—¿Trajeron el medicamento?
Los oficiales se hicieron a un lado y mostraron a Melisa detrás de ellos, con tono inseguro:
—Sí… pero lo trae esta señorita.
Agustina Silva, cabeza de la familia Silva, se adelantó para arrebatarle el frasco.
—Dámelo. Yo voy a tratar al señor Soto.
Melisa esquivó su mano y retrocedió dos pasos.
—Este Nexo-7 es de alta pureza. Es muy tóxico y todavía no está procesado. Solo yo puedo salvarlo.
Todos la miraron, sorprendidos. Agustina soltó una risa fría.


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