Melisa se abrió paso hasta el frente y habló con voz firme:
—Yo lo hago. Me juego la vida.
Vasco la miró de arriba abajo, con calma.
—Eso es tener agallas.
Cuando vio que Melisa iba a entrar al cuarto para atender a Dani, Agustina no creyó ni tantito que pudiera curarlo. Con una falsa amabilidad, soltó:
—Luego no diga que no le advertí, señor Soto. ¿De verdad va a dejar que una chamaca, que ni parece haber terminado la escuela, lo atienda? Es como mandarlo directo a la tumba.
Vasco le echó una mirada pesada, de esas que aplastan.
—Ya está grande para andar de habladora y aun así le falta valor hasta para pararse como la gente. O se calla o se larga.
A Agustina se le heló el pecho. Bajó la cabeza, apretó los dientes y no se atrevió a decir una palabra más.
Melisa entró al cuarto de Dani.
No había nada de luz. Eran paredes por todos lados. En cuanto la puerta se cerró y el ruido de afuera quedó aislado, la respiración áspera del hombre se escuchó clarísima.
Melisa avanzó un par de pasos y pateó una jeringa. Bajó la vista: era un sedante.
En el piso había frascos vacíos de analgésicos por todas partes.
Los esquivó y caminó hacia la cama. A través de las cámaras, Vasco no le quitaba el ojo. Al ver la escena, no pudo evitar sorprenderse.
—Parece que esta niña ve en la oscuridad.
Melisa llegó directo a un lado de la cama. Era una cama alta; de las esquinas salían cadenas de metal, y el otro extremo sujetaba las muñecas y tobillos del hombre encogido sobre el colchón.
Dani tenía los brazos y las piernas esposados con esas cadenas. Estaba semidesnudo, el fleco le cubría parte de los ojos, y el dolor lo mantenía rígido, empapado en sudor.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA