Emilia se quedó sumida en un silencio absoluto.
—¿No crees que esta revelación llega demasiado tarde?
—Tal vez. Es la única cosa en toda mi vida de la que no tengo completa certeza —respondió Orfeo, mirándola fijamente—. También puedes castigarme por ello si quieres.
Emilia lo observó por un largo momento. Aunque muy en el fondo su corazón había sido hechizado por aquellas palabras, su lado racional le gritaba que debía tener cuidado. ¿Qué pasaba si solo volvía a tropezar con la misma piedra?
Finalmente, se zafó de su agarre, dio media vuelta para sacar su ropa seca de la lavadora, se vistió, se colgó el bolso al hombro y se dispuso a irse.
—A esta hora no pasa ningún transporte por aquí —advirtió Orfeo—. Quédate a descansar esta noche y vete por la mañana.
Emilia no discutió más. Sabía perfectamente que las villas de la gente adinerada estaban en las afueras y era casi imposible conseguir un taxi.
Se dio la vuelta para regresar a la habitación que antes fue suya. Justo antes de que cerrara la puerta, Orfeo añadió:
—Todo lo que te dije hoy, sigue en pie indefinidamente.
Emilia guardó silencio y cerró la puerta.
A la mañana siguiente, cuando se preparaba para ir al trabajo, Orfeo ya estaba despierto. Tomó las llaves de su auto del recibidor y dijo: —De todos modos, tengo que ir a la oficina. Te llevo.
Emilia no se negó.
Llegaron al Estudio Núñez en el auto de Orfeo, y al llegar a la entrada, vio a Mauricio.
Como su teléfono se había quedado sin batería la noche anterior, le pidió a Orfeo que se detuviera, abrió la puerta, se bajó y caminó hacia él.
Había cosas que era mejor aclarar cuanto antes, para evitar que la situación se volviera aún más fea.
Mauricio llevaba puesta una camisa azul marino que ella misma le había comprado, tenía el cabello perfectamente peinado y sostenía el desayuno en las manos. Al verla bajar del auto de Orfeo, la sonrisa complaciente en su rostro se congeló un poco.
Sin embargo, ajustó sus emociones rápidamente. No le preguntó por qué venía en el coche de su jefe, seguramente pensando que era imposible que ellos dos tuvieran algún tipo de relación íntima.
Todas las inseguridades que Mauricio había mostrado antes parecían insignificantes frente a un magnate de ese calibre; creía firmemente que alguien tan rico jamás se fijaría en una chica con el pasado tan manchado de Emilia.
Por lo tanto, Mauricio se acercó con pasos rápidos. —Emilia, te llamé mil veces anoche y no contestaste. No pude pegar el ojo de la preocupación.
Emilia lo miró de reojo y no aceptó el desayuno. —Me quedé sin batería.

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