Estaba con otra mujer y encima le estaba mintiendo.
Emilia no sintió el más mínimo deseo de confrontarlo. Simplemente colgó la llamada con total tranquilidad, le regaló su turno a una pareja que no había conseguido lugar y se dio la vuelta para marcharse.
Después de salir del callejón, su teléfono no dejó de vibrar en su bolsillo.
Mauricio la llamó unas cuatro o cinco veces seguidas, pero ella no contestó ninguna.
Silenció el celular, lo guardó y caminó sin rumbo por la calle durante unos diez minutos, hasta que el dispositivo volvió a sonar.
Esta vez era una llamada a su número de trabajo. No tenía registrado el contacto, pero el identificador indicaba que provenía de la ciudad natal de Mauricio. Al contestar, ya sospechaba de quién se trataba.
—¿Hablo con Emilia? —se escuchó la voz del padre de Mauricio al otro lado de la línea. Su tono ya no tenía la cortesía de cuando se conocieron; ahora sonaba como una sentencia dictada tras una profunda deliberación—. Soy Humberto Solís, el padre de Mauricio.
Emilia detuvo sus pasos. —Buenas noches, señor Solís.
—Iré directo al grano —dijo el hombre, sin alzar la voz—. Usted es una buena chica, pero mi hijo es ingenuo y usted ha pasado por demasiado en la vida; no son compatibles. Ya le hemos encontrado a una candidata mucho más adecuada: proviene de una buena familia, tiene un trabajo estable y un carácter sencillo. Mi esposa y yo esperamos que lo deje ir, no intente retenerlo a la fuerza, porque nosotros jamás aceptaremos esta relación.
Emilia se quedó de pie en la acera. El viento soplaba desde la entrada del callejón, alborotando los mechones de cabello sobre su frente.
Sus dedos apretaron el borde del teléfono, tensándose y relajándose repetidamente: —... ¿Le organizaron una cita a ciegas?
—Los padres siempre buscamos lo mejor para nuestros hijos. Mauricio es joven, no sabe lo que le conviene. Emilia, le pido que sea comprensiva con nosotros y espero que pueda encontrar a alguien más dispuesto a aceptar el tipo de familia que usted tiene.
Emilia guardó silencio por unos segundos antes de responder con sequedad: —De acuerdo.
Humberto Solís no esperaba que ella aceptara tan rápido y titubeó un instante: —Entonces...
—Hablaré con él para dejar las cosas claras. No se preocupe, señor Solís.
Colgó la llamada, guardó el teléfono y continuó caminando sin rumbo por las calles. Cuando el cielo se oscureció por completo, entró por inercia a un bar iluminado con cálidas luces amarillas.
Sentada en una esquina de la barra, Emilia pidió que le rellenaran el vaso por tercera vez.
No había comido nada, y su estómago vacío comenzaba a arder por la irritación del alcohol, pero no se detuvo.
Recordó la frase del padre de Mauricio: "Usted ha pasado por demasiado", y se terminó de un trago lo que quedaba en el vaso. Levantó la mano y pidió otra copa.
No supo cuánto tiempo estuvo bebiendo.
Para cuando se levantó a pagar, sus piernas ya no le respondían bien. Tuvo que apoyarse en el borde de la barra para no caerse.
Al empujar la puerta y salir, el viento frío golpeó su rostro. El impacto pareció intensificar la embriaguez, haciéndola sentir tan pesada como si la acabaran de sacar del fondo del océano.

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