Emilia sentía que confesarle la verdad era como darse una bofetada a sí misma. ¿Acaso no había sido ella quien, tiempo atrás, se mostró tan inflexible y segura de su decisión?
Pero sabía muy bien que Orfeo era demasiado perspicaz; sus mentiras no lo engañarían. Además, tarde o temprano, todo el Estudio Núñez se enteraría de que estaba soltera de nuevo.
Después de pensarlo un momento, decidió ser sincera: —Voy a terminar con Mauricio.
Orfeo agitó suavemente su copa de vino y la miró. Aunque su corazón dio un salto de alegría, su rostro no mostró la más mínima alteración. —¿Por qué? No tiene sentido que él te deje. Tú eres demasiado para él; estar contigo era un privilegio que no merecía.
Emilia forzó una sonrisa amarga. Aprovechando el valor que le daba el alcohol, se sinceró con tono autocrítico: —Solo estás viendo la superficie. La realidad es que soy yo quien no está a su altura.
—Emilia. —Orfeo detuvo el movimiento de su copa y entrecerró los ojos—. ¿Desde cuándo te menosprecias de esa manera?
—Porque mis padres me robaron la vida normal que debía tener —soltó Emilia sin poder contenerse—. Si tuviera una familia sana y feliz, sí, sería una gran mujer, y la familia de Mauricio me aceptaría sin dudarlo. Pero, lamentablemente, mi familia es una miseria. Son como un montón de basura.
Comenzó a desahogarse: —¿Acaso crees que yo pedí esto? ¿Tengo alguna alternativa? Si hubiera podido elegir, jamás habría deseado nacer.
Al terminar de hablar, como si necesitara liberar toda su frustración, le arrebató a Orfeo su copa de vino y se la bebió de un solo trago.
Orfeo se recargó en el respaldo de la silla, tamborileando ligeramente los dedos sobre la mesa, y la observó en silencio.
—¿Qué tanto me miras?
El alcohol le daba valentía, y Emilia reclamó con fastidio: —Solo me tomé un poco de tu vino, no tienes que mirarme así.
Orfeo esbozó una sonrisa seductora y le dijo con voz suave: —Esa botella de donde tomaste es un Romanee-Conti de 1945. Fue subastada por 100,000 dólares. Si lo calculamos en base al salario de Mauricio, le tomaría unos dos o tres años sin comer ni beber para poder pagarla.
Emilia miró fijamente la copa vacía. —¿Entonces quieres que te la pague?
—Si terminas con él, no tienes que pagar nada. —Orfeo deslizó la botella hacia ella—. Incluso podría regalarte las únicas diez botellas que logré conseguir.
Por más aturdida que estuviera, Emilia entendió de inmediato a qué se refería.
—Parece que tienes muchas ganas de que termine con él —dijo ella.
—Ya te lo dije. No eres una mujer común, tú y Mauricio no pertenecen al mismo mundo —respondió Orfeo.
Emilia suspiró, frustrada. —Entonces dime, ¿a qué mundo pertenezco?
—A mi lado. —Orfeo no dudó ni un segundo. La miró fijamente a los ojos y continuó—: Es cierto que mi vida ha sido demasiado fácil, tanto que a veces ni siquiera sé lo que realmente necesito. Siempre termino aprendiendo de mis arrepentimientos, y uno de ellos fue darme cuenta de que no puedo soportar perderte.
Emilia rodó los ojos: —...Lo único que no puedes soportar es perder un juguete que estaba dispuesto a darte la estimulación que buscabas.
—Pero podríamos formalizar nuestra relación y jugar juegos aún más intensos —ofreció Orfeo con total serenidad—. Tienes que admitir que soy el amo perfecto para ti, nadie te conoce como yo.

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