Nassira quedó completamente conmocionada cuando se enteró de lo ocurrido.
Pero no era por Nayla.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió rabia hacia ella ni decepción por sus acciones. Lo único que ocupaba sus pensamientos era aquel pequeño niño que no había hecho nada malo y que ahora estaba pagando las consecuencias de las decisiones de los adultos.
Su corazón se llenó de angustia al imaginarlo solo, lejos de una familia, creciendo en un lugar donde nadie pudiera darle el amor que merecía.
—Ese bebé no tiene la culpa de nada... —susurró con tristeza.
Samyra la observó en silencio.
Podía ver el dolor en sus ojos.
Nassira siempre había sido una mujer bondadosa, y aunque había sufrido mucho, nunca había permitido que el dolor la volviera indiferente.
Cuando Omar llegó a casa, encontró a ambas mujeres en silencio.
Inmediatamente supo que algo pasaba.
Se acercó a Samyra y se sentó a su lado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con suavidad.
Samyra lo miró y sonrió ligeramente.
Había algo diferente en él.
Una tranquilidad que antes no tenía.
Ya no era el hombre que cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros.
Omar tomó la pequeña mano de Fahriye, que descansaba en sus brazos, y la arrulló con ternura.
La pequeña abrió los ojos por unos segundos y sonrió al ver a su padre.
Ese simple gesto hizo que el rostro de Omar se suavizara.
—Estoy bien —respondió finalmente—. Creo que por fin entendí algo importante.
Samyra lo miró con atención.
—¿Qué cosa?
Omar observó a su hija antes de responder.
—Que no puedo permitir que la culpa controle mis decisiones. Durante mucho tiempo pensé que ayudar a alguien significaba sacrificarme sin importar las consecuencias. Pero ahora sé que el verdadero bien no nace de la culpa. Nace de la justicia, del amor y de hacer lo correcto, aunque duela.
Samyra sonrió con ternura.
Sabía cuánto había luchado Omar contra sus propios sentimientos.
Se acercó y lo abrazó.
Mientras tanto, Fahriye permaneció tranquila en los brazos de su padre, como si también sintiera que finalmente todo estaba en paz.
***
Al día siguiente, Nassira visitó el centro donde se encontraba el bebé.
Desde el momento en que entró, su corazón comenzó a latir con fuerza.
Cuando la trabajadora social le entregó al pequeño, sintió algo indescriptible.
El bebé la miró con sus grandes ojos oscuros y, después de unos segundos, dejó de estar inquieto.
Sus pequeñas manos buscaron instintivamente su ropa hasta encontrar seguridad entre sus brazos.
Nassira sintió que las lágrimas llegaban a sus ojos.
—Eres tan pequeño... —susurró acariciando su rostro—. No deberías tener que pasar por nada de esto.
El niño se quedó dormido poco después.
Y durante unos minutos, Nassira simplemente permaneció allí, sosteniéndolo.
Era extraño.
Apenas lo conocía, pero sentía una conexión profunda con él.
Como si su corazón ya quisiera protegerlo.
La encargada del lugar se acercó con cuidado.
—Señorita Nassira, gracias a la intervención de la familia Al-Sabah, el menor regresará temporalmente con sus abuelos paternos.
Nassira respiró aliviada.
—Entonces estará bien.
La mujer dudó antes de continuar.
—Solo será temporal.
El patriarca de la familia está enfermo y, por ahora, no tienen la posibilidad de hacerse cargo completamente del niño.
Si no encuentran un tutor adecuado, podría regresar aquí y quedar bajo tutela del Estado.
La alegría de Nassira desapareció lentamente.
Miró al bebé que dormía en sus brazos.
Tan inocente. Tan pequeño.
—No te preocupes... —susurró mientras acariciaba su cabello—. Alguien cuidará de ti.
Pero mientras decía esas palabras, una parte de ella sintió miedo.
Porque no quería imaginar que ese pequeño volviera a sentirse abandonado.
***
Días después, Samyra y Nassira fueron junto a la abuela a elegir sus vestidos de novia.
Era un momento que ninguna de las dos habría imaginado años atrás.
Samyra sería la primera en casarse.
Después de todo lo ocurrido, finalmente volvería a convertirse en la esposa de Omar, pero esta vez bajo sus propios términos.
No por obligación. No por una promesa. Por amor.

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