Incluso alguien tan poderoso e imponente como Samuel Flores tuvo que doblegar su orgullo y suplicar ante la fragilidad de la vida.
La enfermera sintió compasión al verlo así, pero que Fiona escupiera sangre era un síntoma gravísimo, por lo que lo obligó a salir de la habitación.
Fiona volvió a estar en estado crítico. Afuera, Samuel sentía que cada segundo que pasaba era una tortura insoportable.
Se arrepentía amargamente. Si hubiera sabido que ella estaba tan débil, jamás le habría permitido hacer ese esfuerzo. Su propia emoción había causado la hemorragia, poniéndola al borde de la muerte otra vez.
Esa culpa lo consumía; sentía ganas de golpearse a sí mismo.
Al ver su rostro desencajado por el dolor, Ofelia se acercó a consolarlo.
—Samuel, no te atormentes. Fiona es una mujer increíble, el cielo no permitirá que le pase nada malo. Se pondrá bien.
Pero Samuel estaba sordo a sus palabras. Toda su atención estaba fija en el cristal de la habitación, observando cómo los médicos luchaban por salvar la vida de su esposa, sin parpadear.
Al ver que no reaccionaba, Ofelia guardó silencio y se quedó a su lado, esperando el milagro.
Una hora después, el médico salió, empapado en sudor.
—La paciente sufrió daños internos severos que provocaron la hemorragia. Su cuerpo está al límite; no puede recibir ningún tipo de sobresalto ni emoción fuerte. Y bajo ninguna circunstancia debe intentar hablar. Tienen que mantenerla en absoluta calma.
—Si vuelve a sufrir otra crisis como esta, no creo que su cuerpo lo resista —añadió el doctor con gravedad.
Samuel se tragó las lágrimas y asintió.
—Entendido. Gracias, doctor.


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