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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 1172

"Dios las cría y ellas se juntan", pensó Inés con desprecio. Ambas compartían la misma actitud insoportable.

Ofelia, sorprendida por el repentino cambio de actitud, intentó mantener la calma y explicarle:

—No se trata de pedir cita, sino que el estado de salud de Fiona no le permite recibir ningún tipo de estímulo en este momento. ¿Acaso no lo entiende?

¿Tenía que ponerse a gritar para que esta mujer comprendiera que Fiona estaba luchando por su vida?

—¡¿Y esa es tu forma de hablarme?! —Inés perdió cualquier rastro de amabilidad. Su voz se volvió cortante, rebosante de superioridad—. ¡Fiona tiene muy mala suerte al tener a una "amiga" como tú, que solo se dedica a ganarle enemigos por todos lados!

Inés ni siquiera consideró necesario mencionar su estatus social; le parecía rebajarse el tener que presumir de quién era frente a alguien insignificante.

Ofelia, sin amedrentarse, le plantó cara:

—¡Si ganarle enemigos es el precio por mantenerla a salvo, que así sea! ¡Le pido que se retire de inmediato, señorita Arroyo, o tendré que llamar a seguridad!

Llamar a los guardias escalaría el conflicto, y eso era justo lo que Ofelia quería evitar, pero no le dejaría otra opción.

Sopesando la situación, Inés decidió que no valía la pena hacer un escándalo ahí.

—Bien. Pero te aseguro que cuando Fiona se recupere, la primera persona a la que culpará por todo esto serás tú.

Dicho esto, Inés arrojó el ramo de claveles al suelo con desprecio, dio media vuelta y se marchó pisando fuerte.

Una vez que la perdió de vista, Ofelia soltó un largo suspiro y se dejó caer en una de las sillas del pasillo. Esa mujer, Inés Arroyo, claramente no era alguien común; tenía el aura de alguien con dinero e influencia que no estaba acostumbrada a que le dijeran que no.

Abraham cerró la boca de inmediato.

Samuel continuó aprobando la entrega de fondos y organizando alojamiento temporal para los afectados. A los empleados foráneos con heridas graves, que no tenían familia en la capital, les asignó una indemnización de tres millones a cada uno.

Esa enorme suma generó envidia. Un grupo de familiares de empleados menos afectados, que habían recibido una compensación menor, comenzaron a quejarse en voz alta.

—¡Oiga, señor Flores! Nosotros también somos víctimas. ¿Por qué a ellos les da tres millones y a nosotros solo un millón? ¡Eso es injusto!

El grupo empezó a murmurar, exigiendo trato igualitario. Si era una indemnización, ¿no debían recibir todos lo mismo? ¿Por qué hacer esas diferencias?

—Les entregué un millón porque sus heridas son leves —respondió Samuel con frialdad—. ¿No vieron a los dos empleados que tienen quemaduras en el ochenta por ciento del cuerpo? Darles más dinero para salvar sus vidas no tiene nada de injusto.

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