Elías se le quedó viendo a su hermana, entendiendo a la perfección lo que quería decirle.
Si le hubiera dicho esto media hora antes, la habría regañado sin dudarlo, negándose a creer que Jimena tuviera algo que ver.
Pero, después de recibir el video del mayordomo de la familia Méndez, no tuvo más remedio que desconfiar. Jimena se había convertido en su principal sospechosa.
Cuando Jimena aventó a su suegra por las escaleras, el mayordomo lo vio todo, pero era imposible que lo hubiera grabado él mismo con el celular. Ese video era una grabación de seguridad que, seguramente, el mayordomo respaldó en cuanto Jimena se fue al hospital detrás de la ambulancia.
A estas alturas, seguramente ya habían borrado la evidencia de las cámaras de la casa de los Méndez.
Sofía se encogió de hombros, temiendo un regaño, y murmuró:
—Yo... yo nomás digo que está muy raro.
—¡No me mires así, hermano! Yo nomás te pasaba el dato. Piensa lo que quieras, yo me lavo las manos. Ya me voy a mi cuarto.
Esa mirada la ponía de los nervios. Dicho eso, dio media vuelta y salió corriendo a encerrarse.
Elías no intentó detenerla ni le dijo nada, simplemente siguió bajando las escaleras.
—Eli.
Su abuela, Fátima Silva, que estaba sentada en la sala leyendo con sus lentes para vista cansada, lo llamó en cuanto lo vio a punto de salir.
Por mucha prisa que llevara, Elías tuvo que acercarse a ella. Le preguntó con voz grave:
—¿Necesita algo, abuela? Tengo una urgencia y ya me voy.
—Siéntate primero, quiero platicar contigo.

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