Jimena lo fulminó con la mirada, sin molestarse en ocultar ni una pizca de su odio.
En ese momento aborrecía a Ulises con toda su alma.
¡Ese hombre era el mismísimo diablo!
—Por cierto, casi se me pasa comentarte algo: en la ciudad donde estaba de viaje, Elías tuvo un accidente de tráfico muy grave. Quedó muy mal herido; por poco y no la cuenta. Estuvo en terapia intensiva una semana entera antes de que lo pudieran estabilizar.
Al escuchar eso, a Jimena le cambió la cara.
¿Elías había tenido un accidente?
¿Cuándo había pasado eso?
Con razón no había vuelto de su viaje de negocios en tanto tiempo.
Resulta que había tenido un accidente.
¿Acaso Isabela estaba enterada?
—¿Cómo te enteraste tú de eso?
preguntó Jimena. De pronto, una posibilidad cruzó por su mente y agregó:
—¿Fuiste tú?
Evidentemente, Ulises no lo admitió y dijo:
—Mis influencias no llegan tan lejos.
—Lo suyo fue un mero accidente. Cuando se enteró de que Isabela aceptó las atenciones de Álvaro, seguramente se distrajo y chocó. El muy cabrón tiene suerte; con un choque así no se murió, pero su chofer sí falleció de camino al hospital.
—A Elías no le tocan las balas, siempre encuentra la manera de salir bien librado.
Tras soltar esas palabras, Jimena se fue a toda prisa.
Al irse, como era de esperarse, volvieron a vendarle los ojos y la sacaron de ahí a escondidas, dejando que bajara del auto en otra parte.
Se quitó ella misma la venda negra y se dio cuenta de que estaba junto a su propio coche. Los dos hombres de negro que la habían regresado ya se habían pelado en su auto, metiéndose en el tráfico, sin dejar rastro por si intentaba buscarlos.
Minutos después, Jimena también arrancó y se fue en su coche.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda