—Señora Jimena, ¿a qué señor Silva quiere ver?
preguntó la recepcionista en tono cortés.
—A Vicente, ¿está en la oficina? Ya sé que Elías salió de viaje de negocios, así que, como no está aquí, obvio no vengo a buscarlo a él.
Si Elías estuviera en la oficina, simplemente lo habría llamado por celular; no se molestaría en estar de buenas platicando con la recepcionista.
—No sé si el señor Silva tenga tiempo para recibir a la señora Jimena. Por favor, aguarde un instante, señora Jimena, le marcaré para preguntar.
Jimena le dio las gracias amablemente a la recepcionista.
La recepcionista le echó un par de miradas más a Jimena; seguro pensó que hoy la señora estaba de muy buen humor y se podía tratar con ella.
Considerando que a quien quería ver era a Vicente, y él definitivamente no mimaba a la señora Jimena como lo hacía el señor Silva, era completamente normal que ella le bajara un poco a su genio.
La recepcionista marcó a la extensión del secretario de Vicente. Tras obtener su autorización, colgó el teléfono, rodeó el mostrador y se paró frente a Jimena con una sonrisa:
—Señora Jimena, por favor, acompáñeme. El señor Silva dijo que suba a verlo.
La recepcionista guio a Jimena hasta el elevador exclusivo para altos ejecutivos, se lo llamó y deslizó la tarjeta de acceso. Acto seguido, salió rápido para dejar que Jimena subiera sola al último piso.
Minutos después, Jimena se reunió con Vicente en la oficina de Elías.
Vicente, viéndola acercarse, le preguntó amablemente:
—¿Qué te trae por aquí, Jimena?
—¿Elías tuvo un accidente? ¿Qué tan grave está? ¿En qué hospital lo tienen? ¡Dime, quiero ir a verlo!
Jimena no se anduvo por las ramas y le preguntó a Vicente al grano.
Vicente guardó silencio un instante antes de responder:
A Elías le parecía que ese desenlace era lo mejor; así se evitaría tanta angustia y dolor.
A pesar de que en su sueño sabía a la perfección que Jimena era la verdadera culpable del asesinato de Isabela, y de tener muy en claro que debía entregarse a la justicia, la idea de llamar personalmente a la policía se le hacía imposible.
Optaba por mandar la evidencia a su abuela, dejando que fuera ella la encargada de llamar a las autoridades para que aprehendieran a Jimena.
Él no tenía la firmeza de Rodrigo.
Y aunque a Rodrigo también lo habían sentenciado después, por lo menos seguía con vida. Pasaría unos años tras las rejas y luego saldría.
No como Jimena, que había perdido la vida.
Pobre tonta Jimena.
Tenía tanto, ¿qué necesidad tenía de mancharse las manos de sangre? Si se hubiera quedado quieta, todo lo que ya tenía le aseguraba una vida entera bañada en lujos y sin tener que preocuparse por nada.

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