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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1068

¿Cómo iba a tener valor el señor Castillo para exigir algo?

Vio salir a la secretaria, pero no pudo decir ni una sola palabra.

Rodrigo vio entrar a su suegro y no se levantó a recibirlo como de costumbre. Se quedó sentado en su silla giratoria negra, sosteniendo con la mano derecha el café que su secretaria le había preparado, tomándolo lentamente.

—Rodrigo.

El señor Castillo se sentó por su cuenta.

Rodrigo dejó la taza de café, levantó la mirada hacia su suegro, apretó los labios y, con voz algo ronca, preguntó:

—Suegro, Jimena regresó a la casa de ustedes, ¿verdad?

—Sí.

—Ayer llevó otra vez a los Romero a armar un escándalo en la cafetería de Isabela.

El señor Castillo guardó silencio por un momento y luego dijo:

—Su conflicto con Isabela no tiene solución.

Rodrigo soltó una risa seca.

Anoche, él tampoco había regresado a casa ni había dormido bien. Fue a ver a su secretaria; después de desatar su pasión con ella por media noche, se quedó mucho tiempo fumando en el balcón, pensando en muchísimas cosas.

Recordó cuando Isabela y su madre apenas habían llegado a la familia Méndez. En ese entonces le caía muy bien Isabela; la consideraba realmente como una hermanita. De pequeña, Isabela tenía una piel radiante, era hermosa como una muñeca, y todos la adoraban.

¿Cómo fue que, tiempo después, empezó a odiar a Isabela y a detestar a su madrastra?

Claro que, con su orgullo como el joven señor Méndez, aunque se arrepintiera en el fondo, jamás se rebajaría ante ella. Desde que su madrastra se había mudado, no la había visto en mucho tiempo.

Solo sabía que, después de irse de la familia Méndez, le iba muy bien en la vida y que su padre le había dado una jugosa compensación.

Isabela había recuperado el amor de su madre. Ahora, la relación entre ambas era excelente; vivían juntas y llevaban una vida tranquila. Isabela, sin el título de la nuera de la familia Silva, era más libre, estaba más relajada y podía ganar su propio dinero.

¡Ambas se habían convertido en el objeto de envidia de todos!

En cambio, él y su esposa se habían convertido en un chiste. Su matrimonio estaba arruinado y él llevaba una cornamenta tremenda.

Y Jimena tampoco se quedaba atrás con los cuernos.

Eran tal para cual; no tenían derecho a reclamarse nada.

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