Isabela lo miró unos segundos y respondió:
—Ya no me importa.
A Elías se le estrujó el corazón.
Que no le importara significaba que ya no lo amaba. Él mismo había alejado a la mujer que más lo había querido.
—Bueno, ya hemos hablado mucho. Debes estar cansado, así que descansa. Me voy. Cuando estés listo para salir del hospital, si Álvaro y yo tenemos tiempo, vendremos a buscarte.
Elías se apresuró a decir:
—No estoy cansado, no me canso por hablar recostado. Isabela, quédate un rato más. Me paso los días en cama sin poder moverme, estoy aburrido de la vida.
—Toda tu familia te acompaña, es imposible que te aburras.
—No hablo de las mismas cosas con ellos. Quiero hablar contigo.
—Pero no tenemos más de qué hablar.
Elías: ...
Isabela se levantó.
—Descansa. Me voy.
Después de aclarar lo que había pasado con Ulises, sentía genuinamente que no quedaba nada por decir entre los dos.
Sabiendo que no podía detenerla, Elías se resignó a verla marchar.
Pronto entraron la anciana y Álvaro Morales. Álvaro había ido a despedirse.
—Álvaro.
Elías miró al que solía ser su amigo y, cuando sus miradas se cruzaron, le dijo:


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