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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1106

Vanessa respondió:

—Sé que no vale la pena amargarse por ellos, pero me hierve la sangre.

»Tú eras muy pequeña y tal vez no lo recuerdes bien, pero a mí se me quedó grabado a fuego. Jamás olvidaré lo que nos hicieron.

»Cuando querían venderte, ¿acaso se acordaron de que llevabas la sangre de los Romero? Tú eras la única hija de tu papá, y apenas falleció, quisieron deshacerse del único pedazo de él que quedaba en este mundo.

»No son humanos, son peores que los animales.

»Y ahora que están en aprietos y nos ven en una mejor posición, vienen a exprimirnos. Prefiero donar mi dinero para que estudien los niños en las zonas rurales antes que darles un solo peso a esos miserables.

»Que nos demanden si quieren. Lo que dicte el juez, se pagará y punto. Pero que ni sueñen con que tú vas a cargar con todo. Tu dinero no cayó del cielo.

Isabela asintió.

—No creo que lleguen a los tribunales. Han estado aquí bastante tiempo, seguro ya consultaron a un abogado y les dijeron que tienen todas las de perder. Y aunque ganaran, lo que sacarían sería una miseria.

»Precisamente por eso recurren al acoso, para ver si por agotamiento les soltamos el dinero.

Era cierto que la abuela estaba enferma y que la cuenta del hospital era altísima.

Isabela tenía los recursos para pagarla sin despeinarse, pero simplemente no le daba la gana de hacerlo.

¿Y qué si era su abuela de sangre?

¿Acaso la crio un solo día?

¿Alguna vez la quiso o la cuidó?

No. Lo único que querían era venderla al mejor postor.

Fueron ellos quienes jugaron sucio primero; ahora que no vengan a exigir lealtad familiar.

Cada vez que le surgían esos pensamientos vengativos, Vanessa se repetía a sí misma: *«No actúes por impulso, contrólate»*.

A fin de cuentas, ella vivía en una zona residencial exclusiva donde los Romero no podían entrar. Casi no salía de casa; sus días transcurrían tranquilamente cuidando su huerto, regando sus flores y atendiendo sus árboles frutales.

Normalmente, la esposa de su hermano era quien hacía las compras, y a veces Ana le echaba una mano.

Vanessa podía evitar cualquier contacto con ellos sin problema. Era Isabela quien, por tener que ir a trabajar y atender sus negocios, estaba más expuesta.

Isabela no se opuso a la idea de su madre, solo le advirtió:

—Mamá, hagas lo que hagas, asegúrate de no cruzar la línea de lo legal. No les des motivos para que nos chantajeen.

—Tranquila, lo sé. No voy a echar a perder lo que hemos construido por culpa de ellos.

»Mañana a primera hora me llevo a unas personas para allá. Tus tíos se quedarán en casa para cuidarte. Tú ten mucho cuidado al salir, con esa gente nunca se sabe, si se ven acorralados podrían intentar hacerte daño.

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