Vanessa no respondió de inmediato.
Pablo continuó:
—Vanessa, de verdad ya no sabemos qué hacer.
»La enfermedad de la vieja requiere muchísimo dinero. Cuando alguien de la familia se enferma de gravedad, es capaz de llevar a todos a la ruina.
»Nunca fuimos ricos. Cuando éramos jóvenes podíamos hacer trabajos temporales para ganar algo, pero ahora estamos viejos. Vicente y los suyos manejan el restaurante, pero el negocio da lo que da, de verdad no sobra nada.
»Sé que pedirles dinero ahora, a ti y a Isabela, es de sinvergüenzas, no tenemos cara, pero no nos queda otra opción. Si tuviéramos cualquier otra salida, no vendríamos a arrastrarnos para rogarles.
A medida que hablaba, la voz de Pablo se quebraba:
—Esa cuenta del hospital es astronómica para nosotros. Sí, cometimos errores, pero seguimos siendo los verdaderos abuelos de Isabela. ¿Acaso tienen el corazón para vernos morir en la miseria?
»¿Para dejar que su abuela vuelva a casa a esperar la muerte porque no hay dinero para curarla?
»Toda la culpa es nuestra. Estamos arrepentidísimos. Antes, tú eras una nuera excelente y muy dedicada a nosotros, pero no supimos valorarte y te tratamos como a una extraña.
»Las humillamos a las dos, e hicimos algo imperdonable. Es normal que nos odien.
»Pero... Vanessa, cuando mi hijo mayor vivía, era el más devoto con nosotros. Ustedes tenían un matrimonio hermoso. Si él supiera desde el más allá que sus padres están en esta situación y ustedes no mueven un dedo para ayudar, le rompería el corazón.
Pablo lloraba por teléfono.
Si su hijo mayor no hubiera muerto, no habrían cometido ese gran error que destrozó a su nuera y a su nieta.
Hoy, quizá estarían disfrutando de los lujos junto a Isabela.
Si tan solo no hubieran intentado venderlas para quedarse con la herencia, aunque ella se hubiera vuelto a casar, la niña no los odiaría tanto.
Vanessa ya ni siquiera podía llamarlos suegros; tratarlos con formalidad ya era demasiado cortés.
Jamás perdonaría lo que hicieron en el pasado. Los odiaría por el resto de su vida.
Nunca imaginó que sus suegros y su cuñado pudieran ser tan perversos.
Si solo hubieran querido echarlas para quedarse con la casa, sería una cosa, pero querían venderlas como mercancía para disfrutar del dinero.
Ella era la nuera, una forastera, ¡pero Isa era sangre de su sangre!
—No pondré ni un peso para su tratamiento. Desde que mi esposo murió y ustedes intentaron vendernos, dejaron de ser mis suegros y mi familia. Ya no tengo nada que ver con los Romero.
»Isa tampoco pondrá un centavo. Si quieren demandar, vayan y háganlo. Lo que el juez dicte, lo acataremos.
»Pero, que quede claro, tenemos pruebas y testigos de todo lo que hicieron. Si se atreven a demandar a Isa, yo también presentaré mis pruebas y los demandaré por apropiarse de mi patrimonio.

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