—De lo contrario, la gente dirá que mi padre se olvidó de su hijo mayor por culpa de su nueva mujer.
Siendo él el hijo de la primera mujer, había dejado la sangre en el Grupo Méndez y había generado ganancias multimillonarias para su padre. ¿De verdad su padre se atrevería a no darle explicaciones ni compensaciones?
—Es muy tarde, Jimena. Estás débil, así que duérmete de una vez y deja de hacer bilis. Sabes bien que Isabela vino a provocarte; mientras más te enojes, más feliz será ella.
—Nosotros sabemos perfectamente cómo la tratábamos en el pasado. Considerando las circunstancias, lo que ella nos hizo hoy no es casi nada.
Jimena replicó llena de odio:
—Simplemente no la soporto. Ver su actitud arrogante me da ganas de arrancarle la carne a tiras. ¡Todos los días ruego que salga a la calle y la atropelle un coche, o que la secuestren, la humillen y la maten sin piedad!
—¿Todo se lo debe a esa carita bonita que tiene? ¡Juro que algún día le voy a arruinar el rostro para que se convierta en un monstruo espantoso!
Rodrigo se agachó para recoger la almohada que Jimena había arrojado antes.
—Ya basta, te obsesionas tanto con hundirla que terminas cavando tu propia tumba. Si no te hubieras involucrado con esos delincuentes, nada de esto te habría pasado.
En el fondo, Rodrigo no le perdonaba haber contactado a los matones por su cuenta.
Pero, siendo sinceros, lo que realmente le remordía era que Jimena se hubiera acostado con otros hombres.
Cuando él le fue infiel, solo se acostó con una mujer.
En cambio, a ella la habían tocado múltiples hombres. Había quedado como el gran cornudo.
Esa espina venenosa seguiría clavada en el corazón de Rodrigo para siempre.
Si llegaba el día en que ya no necesitara la influencia de la familia Castillo, lo primero que haría sería divorciarse de Jimena sin mirar atrás.
Al escuchar sus palabras, Jimena se quedó callada de inmediato.
Mientras tanto, Isabela salió del hospital y se volvió hacia Álvaro.
—Qué alivio. Pensé que el día me había agotado, pero después de ver el estado tan miserable de mi enemiga, todo el cansancio se esfumó.
Al llegar al auto, Álvaro abrió la puerta para ella. Una vez que Isabela se sentó, él se inclinó hacia el interior para abrocharle el cinturón de seguridad y, con los ojos desbordantes de ternura, le dio un suave beso en los labios.
—No es tarde para haberme elegido. Te prometo que seremos muy felices de ahora en adelante.
Isabela lo miró fijamente por un segundo. Luego, levantó los brazos para rodear su cuello, alzó el rostro y, con una voz sensual, le susurró:
—Álvaro, bésame.
Era todo lo que Álvaro esperaba escuchar, así que cumplió su orden de inmediato.
Después de compartir un beso apasionado, Álvaro se apartó, cerró la puerta y dio la vuelta para subirse al asiento del conductor.
—Vámonos a casa.
Isabela asintió con una sonrisa.
—Sí.

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