—¿Ah, sí?
Ulises volvió a mostrar esa media sonrisa que a Isabela tanto le molestaba. Le daban ganas de darle un par de golpes, pero lamentablemente no podía ganarle.
Él venía de los bajos mundos y era un experto peleando a puño limpio.
—Señor Peña, ya le devolví sus cosas. El hombre que amo es Álvaro y no consideraré a nadie más. Le pido que deje de acosarme, debe ser muy agotador pasarse la vida actuando.
Isabela no quería seguir hablando con él. Se levantó y se dispuso a irse.
Mientras caminaba hacia la puerta, Ulises le dijo a sus espaldas:
—Isabela, en el fondo eres igual que las protagonistas de esas novelas, ¿verdad? Volviste a nacer, cambiaste tu destino y por eso ahora tienes ese brillo de heroína principal. Incluso después de divorciarte, lograste que un hombre tan excepcional como Álvaro Morales se enamorara de ti.
Y Elías también estaba intentando reconquistarla.
La Isabela de ahora era completamente distinta a la de antes, parecía otra persona.
Isabela se detuvo, volteó la cabeza y dijo:
—Señor Peña, le sugiero que vaya a un hospital a que le revisen aquí. Sospecho que tiene un problema grave.
Señaló su propia cabeza con el dedo.
El rostro de Ulises se oscureció.
—¡No estoy enfermo, señorita Romero!
—Si no está enfermo, entonces le hicieron mal de ojo o está poseído. Le recomiendo que vaya a una iglesia a rezar, que prenda unas veladoras, o mejor aún, busque a un curandero para que le hagan una buena limpia y alejen esas malas energías.
—Donde termina la ciencia, empieza el misticismo. A veces hay que creer un poco en esas cosas.
Sin decir más, Isabela no se detuvo ni miró atrás, y salió de la suite presidencial.
Ulises no intentó detenerla.
Sin embargo, al abrir la puerta, los hombres de Ulises le cerraron el paso. Álvaro Morales y sus guardaespaldas de inmediato se prepararon para pelear.
Desde adentro, Ulises, como si tuviera ojos en la nuca, dijo sin siquiera voltear:

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