Caminó hasta detenerse frente a él y, tras tragar saliva, forzó una sonrisa complaciente.
—Señor Peña, ¿en qué le puedo servir? Bastaba con que alguien me llamara por teléfono. Cualquier cosa que me pida, haré lo posible por cumplirla.
Realmente no había necesidad de obligarla a venir en persona, sobre todo cuando seguía en reposo absoluto por el aborto.
—Siéntese.
Ulises ni siquiera apartó la vista del periódico para darle la orden.
—Con su salud tan delicada, no le conviene estar de pie.
Esa frase, de alguna manera retorcida, la hizo sentir extrañamente valorada.
Al fin y al cabo, ella era una dama de la alta sociedad.
—Gracias.
Mientras lo maldecía en su cabeza, por fuera mantuvo una expresión de gratitud al tomar asiento en uno de los sillones individuales.
—¿Gusta tomar algo?
—No, gracias. No tengo sed.
Después de haber sido drogada por él, jamás volvería a aceptar nada que le ofreciera. No iba a arriesgarse a caer en otra de sus trampas.
—¿Teme que haya echado algo en su bebida?
—Claro que no, es que de verdad no tengo sed. Señor Peña, ¿puedo saber para qué me ha hecho venir?
Ese hombre la miraba por encima del hombro. Desde que entró, él seguía más enfocado en su lectura que en ella.
—Ocurrió una desgracia con Elías Silva. Estuvo a punto de morir. Me imagino que no estaba enterada, ¿verdad?
—¡¿Qué?! ¿Le pasó algo a Elías? ¿No estaba de viaje de negocios? ¡No tenía idea! Le pregunté a Isabela y ella no me dijo nada. Fui al Grupo Silva a investigar y no me quisieron dar información. Juraba que seguía trabajando fuera de la ciudad.
Jimena estaba en estado de shock.


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