—Pero Elías tomó una muestra de su cabello y del de la señora Ortiz para hacer una prueba de ADN. El resultado confirmó que son madre e hija biológicas, así que no es una impostora.
Ulises estuvo a punto de decir que Isabela había renacido, que no era falsa, pero las palabras se detuvieron en la punta de su lengua y finalmente no dijo nada.
Un asunto como el renacimiento, incluso si les había sucedido realmente a él y a Isabela, ninguno se atrevería a confesarlo. ¿Quién les creería?
¿Acaso no veía lo callada que se lo tenía Isabela?
Ni siquiera se lo había contado a su propia madre.
—Las personas cambian. Antes estaba locamente enamorada de Elías. Al descubrir el verdadero motivo por el que se casó con ella, salió lastimada. Despertó, lo superó y ahora solo se enfoca en ganar dinero y en su carrera. Es muy normal.
Ulises solo pudo buscar una excusa lógica para el cambio de Isabela.
Era la misma excusa que ella misma siempre utilizaba.
Jimena guardó silencio.
Ulises se puso de pie.
Se alejó por unos minutos y regresó con dos bolsas en las manos. Jimena vio las etiquetas de un suplemento costoso para la recuperación en las bolsas.
¿Este demonio le iba a regalar eso?
Ulises colocó ambas bolsas en la mesa de centro y le dijo a Jimena:
—Son suplementos de primera calidad. Me los regalaron, pero como hombre no los necesito. Te estás recuperando de la pérdida, llévatelos.
—Tranquila, no están envenenados. El empaque está intacto, ni siquiera he abierto las cajas.
—Que hayas perdido el bebé fue en parte por mi culpa, tómalo como una disculpa.
Jimena no rechazó el obsequio.
Se levantó y tomó las bolsas.
—Ya que el señor Peña es tan amable, los aceptaré.
—Señor Peña, ¿me puedo retirar?



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