Después de cortar la llamada con su hermano mayor, Marco dejó su teléfono y murmuró para sí mismo:
—Ella ya inició una nueva relación, y mi hermano mayor sigue estancado. ¿Qué se supone que haremos?
Había salido del abismo que era Jimena, solo para caer de lleno en el pozo de Isabela.
Sin duda, su hermano mayor debió tener alguna deuda impagable con ambas mujeres en una vida pasada.
Y ahora, en esta vida, ambas acudían una tras otra para cobrarse el saldo.
En la residencia de la familia Castillo.
Jimena regresó a la casa de su familia biológica.
Cuando la señora Castillo escuchó del mayordomo que su hija había vuelto, sintió una punzada de rabia y angustia al mismo tiempo. Salió a prisa al exterior de la mansión, pero no divisó el auto de su hija ni rastro de ella.
—¿No me dijiste que había llegado la señorita? —preguntó frunciendo el ceño al mayordomo—. ¿Por qué no está aquí?
—La señorita se dirigió a la residencia del segundo señor de la casa. Dijo que buscaba a la tercera señorita.
La señora Castillo soltó un murmullo de entendimiento y descendió los escalones, encaminándose hacia la otra ala de la mansión.
Jimena aún estaba convaleciente; no debería andar deambulando por ahí, corría el riesgo de sufrir secuelas en su salud. Tenía que llamarle la atención al respecto.
Esa chiquilla cada día era más obstinada.
Al arribar a la zona correspondiente al segundo hermano de su esposo, la señora Castillo efectivamente encontró el coche de Jimena estacionado frente a la puerta.
La señora Castillo se dispuso a entrar en la casa.
El mayordomo del lugar ya había sido puesto al tanto.
Los mayordomos de las distintas alas de la enorme finca siempre se mantenían en comunicación para asegurarse de atender adecuadamente a los miembros principales de la familia.
Mientras la señora Castillo caminaba hacia allí, el mayordomo principal le había enviado un mensaje a su homólogo en esa residencia.
—Señora —saludó el mayordomo con deferencia.
—¿Y mi hija?
—Se encuentra en los aposentos de la señorita Valeria. Desconozco de qué tratan; la señorita pidió a la tercera señorita subir al piso de arriba apenas llegó.
El mayordomo fue directo y preciso.
Su prima mayor le había transferido una gran suma, indicándole que retirara el dinero y se lo entregara en parte a otra mujer resentida con Isabela, encargándole a esta el trato con los abuelos de Isabela.
Ofrecerían una buena cantidad para incitar a los ancianos a acabar con la vida de su propia nieta.
Luego, una vez finalizado el macabro plan, arreglarían un accidente de auto para silenciar a esa mujer para siempre.
De esta manera, las hermanas permanecerían libres de toda sospecha.
Jimena había decidido seguir el consejo de Ulises.
Si eliminaba a Isabela del mapa, lograría reconquistar el corazón de Elías. De otra forma, lo perdería todo, porque Isabela se estaba llevando gran parte de lo que consideraba suyo.
¡Tenía que ver a Isabela muerta!
A doña Belén, la abuela biológica de Isabela, le habían diagnosticado una enfermedad terminal y requería una enorme cantidad de dinero. Toda la familia Romero sentía la presión asfixiante, pues cada uno tenía sus propios gastos familiares y ninguno gozaba de gran prosperidad. Nadie estaba dispuesto a quedar en la ruina por pagar el tratamiento de la abuela.
El cáncer no daba muchas esperanzas; en el fondo consideraban inútil seguir tratándola, pero por miedo al qué dirán sobre su deber filial, nadie se atrevía a pronunciarlo en voz alta.
Por eso azuzaban a los dos ancianos para que no dejaran en paz a Isabela exigiendo el dinero.
Con la enorme fortuna de Isabela y su rotunda negativa a repartirla, si los ancianos no la atormentaban, serían ellos mismos quienes la llevarían a la locura.

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