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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1187

Carolina Morales, sin duda, sería una cuñada de lo más atenta.

Al estar con Álvaro, Isabela no tendría que preocuparse de lidiar con problemas familiares.

Mónica soltó un oh comprensivo y añadió:

—¿De verdad tu mamá y el tío se van al pueblo? ¿No será más fácil para la familia de tu papá acosarla pidiendo dinero estando allá?

—Son unos sinvergüenzas de primera. Tu mamá ya ni siquiera es parte de la familia Romero, ¿con qué cara se atreven a seguir pidiéndole plata?

—Tus tíos todavía se aparecen por la cafetería de vez en cuando. No hacen escándalo, pero siempre buscan aprovecharse de algo. A veces me dan unas ganas de sacarlos a escobazos, pero me contengo para no dar mala imagen al negocio.

La falta de vergüenza y la insistencia de los Romero eran un verdadero dolor de cabeza.

Si Mónica estaba harta, Isabela lo estaba cien veces más.

—Mi mamá irá al pueblo de mi tío, es decir, a casa de mi abuela materna. Prácticamente todo el pueblo está emparentado con él, así que los Romero no se atreverían a ir a armar un teatro allá.

—Todo el mundo en los pueblos de alrededor sabe cómo nos trataron a mi mamá y a mí en su momento. Si se les ocurre ir a buscar problemas a casa de mi tío, los sacan a patadas entre todos los vecinos.

A Isabela no le preocupaba en lo más mínimo.

Sus abuelos paternos sabían que tenían todas las de perder, así que rara vez se atrevían a molestar directamente a su madre. Su objetivo principal era sacarle dinero a ella, pues por sus venas corría la sangre de los Romero. Por mucho que ella detestara a Pablo Romero y a los demás, el hecho de que fueran sus abuelos biológicos era innegable.

—Me alegra escuchar eso. Bueno, te dejo. Me voy volando a la casa para hacer mis maletas y salir de inmediato. Para cuando lleguemos a la playa, ya será casi mediodía. Isabela, como ustedes llegarán primero, vayan preparando los mariscos, jaja.

Mónica soltó una carcajada, encargándole a su amiga que tuviera listo el banquete para cuando ella y Adrián llegaran.

—Hecho. Nosotros nos adelantamos con la comida. Estamos yendo a la playa, ¿cómo no va a haber mariscos? Comerás hasta reventar.

Mónica sonrió del otro lado de la línea.

—La verdad es que no me matan los mariscos, pero ir a la playa y no comerlos sería un crimen.

Mónica y Adrián solían hacer escapadas a la playa a solas, como una pareja cualquiera.

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