Hubo un tiempo en que la señora Jimena era la luz de los ojos del señor Silva; él la consentía y la mimaba en todo.
Ella misma trataba de maravilla a Jimena porque era el gran amor de su jefe.
Y por esa misma razón, ella no había sido muy amable con la señora Silva...
Al recordar el pasado, Ana tenía ganas de darse un par de bofetadas.
Isabela no había dudado ni un segundo y exigió marcharse. Tenía el corazón destrozado.
El señor Silva no había sido sincero con ella; Ana, siendo solo la ama de llaves, la trató con desprecio, y la familia en la mansión tampoco la había aceptado de verdad.
Bajo esas circunstancias, ¿cómo culpar a Isabela de ser fría y querer irse? Simplemente no pudo soportar más dolor.
La señora Fátima guardó silencio por un buen rato y, al final, soltó un suspiro sin decir palabra.
¿Por qué se habían torcido tanto las cosas?
Nadie lo sabía.
Y era inútil buscarle explicación.
Claro que la abuela estaba satisfecha; llevaba años pidiéndole a su nieto que olvidara a Jimena. Mientras esa mujer estuviera cerca, su nieto jamás sería feliz.
Las cosas estaban mucho mejor ahora.
—Señora Fátima, ¿qué hago con estos remedios? El señor Silva dijo que no los quería.
—Pues deshazte de ellos.
—A la familia Silva no le faltan vitaminas.
—Pero son caros —se sorprendió Ana—. ¿Los tiro a la basura?
—Si te da lástima, repártelos con los demás empleados para que se los lleven a casa. Pero no los metas a la casa, que mi nieto no los vea para no amargarle el día.
—Necesita tranquilidad y buen ánimo para recuperarse rápido.
Ana miró las bolsas repletas de vitaminas; no tenía corazón para tirarlas a la basura.
—Entonces las repartiré.
—Bien.
La abuela entró sola a la casa.
—¿De qué se trata?
—Vicente me llamó hace un rato. Me dijo que secuestraron a Carolina Morales. La familia Morales ha bloqueado a la prensa para que no se filtre nada, pero con los contactos de nuestra familia, la información nos llegó rápido.
—Ya le ordené a Vicente que movilice a nuestra gente para ayudar con la búsqueda. Al parecer, los secuestradores exigen cien millones en efectivo y amenazaron con vender a la chica a las mafias extranjeras si acudían a la policía.
Elías cambió de semblante.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace poco, supongo. Vicente acaba de avisarme y regresé en cuanto colgué.
—Álvaro y tú fueron buenos amigos por años, y Caro es amiga íntima de Isa. Tenemos que ayudar.
Mientras más manos, mejor.
Si sus familias se unían, podrían encontrarla y rescatarla en tiempo récord.
—Claro que tenemos que ayudar, abuela. Álvaro y yo solo fuimos rivales de amores, no somos enemigos mortales. En situaciones tan críticas, hay que hacer lo correcto.
Elías tomó su teléfono dispuesto a llamar a Álvaro Morales para ver en qué más podía colaborar.

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