Hubo un tiempo en que la señora Jimena era la luz de los ojos del señor Silva; él la consentía y la mimaba en todo.
Ella misma trataba de maravilla a Jimena porque era el gran amor de su jefe.
Y por esa misma razón, ella no había sido muy amable con la señora Silva...
Al recordar el pasado, Ana tenía ganas de darse un par de bofetadas.
Isabela no había dudado ni un segundo y exigió marcharse. Tenía el corazón destrozado.
El señor Silva no había sido sincero con ella; Ana, siendo solo la ama de llaves, la trató con desprecio, y la familia en la mansión tampoco la había aceptado de verdad.
Bajo esas circunstancias, ¿cómo culpar a Isabela de ser fría y querer irse? Simplemente no pudo soportar más dolor.
La señora Fátima guardó silencio por un buen rato y, al final, soltó un suspiro sin decir palabra.
¿Por qué se habían torcido tanto las cosas?
Nadie lo sabía.
Y era inútil buscarle explicación.
Claro que la abuela estaba satisfecha; llevaba años pidiéndole a su nieto que olvidara a Jimena. Mientras esa mujer estuviera cerca, su nieto jamás sería feliz.
Las cosas estaban mucho mejor ahora.
—Señora Fátima, ¿qué hago con estos remedios? El señor Silva dijo que no los quería.
—Pues deshazte de ellos.
—A la familia Silva no le faltan vitaminas.
—Pero son caros —se sorprendió Ana—. ¿Los tiro a la basura?
—Si te da lástima, repártelos con los demás empleados para que se los lleven a casa. Pero no los metas a la casa, que mi nieto no los vea para no amargarle el día.
—Necesita tranquilidad y buen ánimo para recuperarse rápido.
Ana miró las bolsas repletas de vitaminas; no tenía corazón para tirarlas a la basura.
—Entonces las repartiré.
—Bien.
La abuela entró sola a la casa.

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