—Dale unas palabras de aliento a Álvaro. Con todas nuestras familias involucradas, a Caro no le pasará nada —le dijo la abuela—.
—Además, hoy es fin de semana y los bancos están cerrados. Pregúntales cuánto efectivo les falta; nosotros tenemos reservas, se las enviamos.
Elías asintió. Cuando logró comunicarse con Álvaro, intentó tranquilizarlo, le comentó que su abuela había puesto a Vicente a disposición de los Morales, y finalmente le ofreció reunir efectivo si lo necesitaban.
—Gracias, Elías. Seguimos juntando el dinero —respondió Álvaro—. Los secuestradores no han vuelto a llamar, así que no sabemos qué pasa. Voy de camino a La Colina del Este, rastreamos su ubicación durante la última llamada.
Apenas consiguieron las coordenadas, ellos y la policía salieron a toda velocidad hacia La Colina del Este. Los criminales no podrían esfumarse de la nada. El silencio prolongado indicaba que seguramente estaban cambiando de escondite.
Rogaba por rescatar a su hermana pronto.
—Tranquilo, Caro estará bien. Si necesitas fondos, dímelo, yo pondré a mi familia a recolectar.
—Te lo agradezco. Si llega a hacer falta, te avisaré.
Álvaro no le preguntó a Elías cómo se había enterado; conocía perfectamente la red de información de la familia Silva. Podrían ocultárselo al público, pero jamás a una familia de ese nivel.
Sus fuentes eran infalibles.
Vicente ayudando por orden de la señora Fátima era algo invaluable.
Elías acababa de salir del hospital y no podía aportar físicamente, Álvaro no le guardaba rencor por ello, y de hecho valoraba mucho su llamada.
—Tengan mucho cuidado, esa gente no tiene escrúpulos —le advirtió Elías.
Recordó que, medio año atrás, él e Isabela habían sido víctimas de un asalto en la calle y casi lo secuestran a él.
Isabela había peleado con uñas y dientes para protegerlo y terminó hospitalizada.
Elías sintió terror en aquel momento.
Pensó que ella iba a morir.
Sin embargo, al despertar del coma, lo primero que Isabela hizo fue pedirle el divorcio.
Pensar en todo aquello le clavaba espinas en el corazón.

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